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La Opinión de Murcia

Palabras gruesas

Una selectividad nueva

Selectividad en la UMH. Información

El gobierno ha decidido reformar radicalmente la selectividad y a mí no me parece mal del todo. En primer lugar, porque no creo que ninguna prueba -más allá de su dureza relativa- pueda transformar la educación de un país. En segundo lugar, porque una vez iniciada la reforma de la enseñanza primaria, secundaria y del bachillerato, resultaba inevitable rehacer el examen que da acceso a la universidad. Por mí se podría haber suprimido directamente -no lo digo de modo irónico- y no pasaría nada relevante. Hace años ya que el modelo educativo en España hace aguas y ningún gobierno -tampoco este- parece haber dado con la tecla para arreglar la avería. La falta de consensos, debida a una excesiva ideologización de la escuela, ha dificultado las políticas de largo plazo. Una burocratización también desmesurada ha atado de pies y manos a los profesores. Los profundos cambios sociales, culturales y tecnológicos han supuesto un maremoto en las aulas, cuyo alcance intuimos, pero solo hasta cierto punto. Hoy resulta obvio que el pasado es inviable, aunque ese mismo pasado -más o menos lejano, más o menos idealizado- durante décadas haya respondido mejor a los estándares de nivel propios de la escuela europea. Al romperse la tradición por motivos difíciles de resumir, cabe preguntarse qué hacer a partir de ahora o, mejor dicho, qué van a necesitar nuestros hijos para navegar por el futuro con algunas garantías.

No hay respuestas únicas, aunque sí algunas seguridades si observamos con detenimiento a los países de éxito. En primer lugar, recuperar el dominio de las habilidades básicas parece esencial. Esto se resume en Lengua y Matemáticas: aprender a leer y escribir bien (lo que significa entender y razonar con cierta lógica) y dominar los fundamentos del cálculo. Las palabras y los números nos abren las puertas a la realidad. En segundo lugar, la globalización de la cultura exige un currículum rico y diverso; lo cual, de nuevo, supone leer mucho y bien -también en clase- y aprender idiomas -cuantos más mejor-. Y, si nos tomamos en serio el aprendizaje de las lenguas extranjeras, ¿por qué no abandonar el doblaje de series y películas y optar por la versión original subtitulada? En tercer lugar, la escuela debe potenciar las habilidades exploratorias del alumnado -proyectos de investigación, fomento de la autoformación- y promover una mirada esperanzada hacia la realidad; no para anular su espíritu crítico, sino para subrayar que el mundo es un lugar abierto en el que la mayoría de nuestros proyectos vitales son posibles si estamos dispuestos a luchar por ellos. Finalmente, la escuela debería saber detectar precozmente tanto el talento especial como las dificultades para el aprendizaje y actuar con rapidez a fin de responder a las necesidades especiales de estos alumnos.

La reforma de la selectividad puede suponer una aceleración hacia una mejora educativa o hacia lo contrario, pero lo más probable es que no incida ni para bien ni para mal. Y, en este sentido, sería conveniente que se relativizara su importancia o que se cediera a cada universidad el diseño de sus propios criterios de admisión. Porque la clave de la educación radica en una determinada forma de mirar que aspira a lo alto, a la excelencia, a la superación de uno mismo. Esto es algo que saben los países de éxito y no dudan en poner todos los medios a su alcance para lograrlo. Tendríamos que aprender de ellos.

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