En las últimas tres semanas ha habido casi 100 casos y 18 muertes humanas por una rara enfermedad transmitida por garrapatas en Irak; se ha encontrado un cuarto caso del virus del Ébola y más de 100 casos de peste bubónica en la República Democrática del Congo; y solo dos años después de que África fuera declarada libre de poliomielitis salvaje, han aparecido nuevos casos en Malawi y Mozambique.

Una peligrosa cepa de tifus circula en Nepal, India y China. Hay brotes alarmantes en varios continentes de enfermedades causadas por mosquitos, como la malaria, el dengue y el virus del Nilo Occidental. En España constan 2.500 casos de viruela del mono de un total de 10.000 en el mundo.

El covid y el VIH siguen propagándose en todo el mundo. La peste porcina africana sigue causando estragos en los cerdos del mundo y se están propagando varias cepas letales de la gripe aviar, lo que obliga al sacrificio de cientos de millones de aves de corral. También se han descrito misteriosas enfermedades fúngicas que se encuentran en los peces y la vida marina en Australia y en los países del Medio Oriente, así como enfermedades letales para perros y otras mascotas.

Vivimos inquietos con muchos miles de virus potencialmente fatales circulando en otras especies, pero lo notable es que la mayoría de los que afectan a los humanos en la actualidad eran desconocidos hace solo 70 años. No solo los nuevos patógenos saltan de los animales a los humanos con mayor frecuencia, sino que un número cada vez mayor está relacionado con los cambios en los entornos global y local. No es casualidad que desde 1940 hayan surgido en todo el mundo 335 enfermedades nuevas y potencialmente mortales, durante un período en el que la población humana se ha triplicado, el clima ha cambiado y se come más carne.

Los epidemiólogos saben que el riesgo de cruce de un patógeno de una especie a otra se incrementa mediante la expansión descontrolada de la agricultura y el consumo por parte de los humanos de las especies silvestres. Ahora es el momento de la venganza de la naturaleza. Al incrementar el número de humanos, hemos invadido espacios salvajes o impuesto condiciones antinaturales a otras especies, hemos creado los entornos ideales para que los virus y patógenos se propaguen entre especies, muten y se propaguen.

VIH, ébola, fiebre de Lassa y viruela del mono en África; SARS y covid-19 en China; chagas, machupo y hantavirus en América Latina; hendra en Australia; mers en Arabia Saudí: todos surgieron en los últimos 75 años justo cuando aceleramos la deforestación, nos mudamos a las ciudades, nos acercamos a los animales y creamos una economía global. Lo más preocupante para los humanos no es la viruela del mono, la peste o incluso el Ébola, que suenan peligrosos y exóticos, pero en realidad son más o menos controlables.

En cambio, la amenaza de una nueva gripe aviar, que puede aparecer en una granja en Nueva York o Inglaterra como de China o Galicia, acecha a la humanidad.

El pollo es la carne más popular del mundo rico y decenas de millones de aves genéticamente casi idénticas propensas a enfermedades catastróficas se crían en masa, a menudo en condiciones antihigiénicas, y pueden mezclarse con aves silvestres. Es solo cuestión de décadas antes de que una nueva cepa de gripe aviar altamente patógena evolucione para que sea fácilmente transmisible entre humanos.

Esquivamos la bala del SARS en 2003 y, en cierta medida, del covid, que hasta ahora ha matado a alrededor del 1% de las personas infectadas. Pero las principales pandemias de gripe con tasas de mortalidad muy altas se presentan cada 30 años aproximadamente y estamos muy cerca de la próxima. Si tenemos suerte, encontraremos una vacuna rápido y solo matará al 10-20% de las personas a las que infecte. Si no tenemos suerte, podría ser tan transmisible como Ómicron y tan fatal como el Ébola, en cuyo caso sería terrible para gran parte de la humanidad y la economía mundial. Pero es posible que no hayamos visto nada todavía. El cambio climático influye, creando aparentemente un mundo más cálido con un impacto potencialmente catastrófico en las enfermedades.

Los insectos ya matan a unas 700.000 personas al año, pero el calentamiento global permite que mosquitos, ácaros, pulgas, garrapatas y otros vectores prosperen en nuevas áreas, propagando el dengue, el chikungunya y otras enfermedades a lugares que antes eran más fríos.

La gran lección del covid es que muchas enfermedades infecciosas tienen sus raíces en cambios que creamos en los ecosistemas. En la salud del planeta y la salud de los humanos y animales. También significa que debemos prepararnos ahora para lo inesperado, invertir en salud pública como nunca.

Un enfoque planetario de salud global es la mejor, y posiblemente, la única, esperanza que tenemos. Carpe diem.