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La Opinión de Murcia

Gema Panalés

Todo por escrito

Gema Panalés Lorca

El último gin-tonic

Hace frío y un día precioso. Mierda, las tripas. Tengo mucha hambre. El hombre calvo ha dejado las cajas en la entrada y pesan. «Penelope, they are Tachen’s books. You will love them», me dice Peter. ¿Cómo? Ahora, además de ropa, vendemos libros. Cool. 

Abro cajas con el cúter y empiezo a sacar libros. Les echo un ojo. Imágenes de tías espectaculares en bolas, lenguas, tacones de aguja, culos, las pollas pixeladas de Batman y Robin… ¿Quiénes son Helmut Newton y Terry Richardson? Los coloco en las baldas deprisa. Hora del lunch. No me da tiempo a pillar comida. Fumo y escucho The Killers en mi bench de Notting Hill. 

Tengo que volver. Bajo a la tienda. En un parpadeo se hace la hora de cerrar. Quedamos Rebecca, Mairi y yo. Solas. En el restaurante hay botellas. Muchas. ¡Gin and tonics!, me dicen. Son mi jefa y mi supervisora. Tengo que obedecer. El líquido es transparente. Casi no se ve. Echo más. Sabe un poco fuerte. Sirvo otro y otro y otro y... Fumamos. Hablamos. Nos reímos. «¡In Spain we say just ‘gin-tonic’!».

Mi jefa se sube a la barra. ¿Suenan Florence + the Machine? Insiste en que me encarame yo también. Mairi nos graba desde abajo. Uy, qué mareo. Rebecca golpea sus caderas contra las mías. Pierdo el equilibrio. ¡No! Adiós verticalidad. ¡¡Craaaack!! Estoy en el suelo. Viva. Detrás de la barra. Vienen corriendo Rebecca y Mairi. Me duele un poco el brazo. Estoy bien. Me levanto. Nos reímos. 

Espero el autobús. La luna está gigante. Le hablo. Se me cae el móvil. Tengo el brazo tonto. Está como dormido. La pantalla se ha hecho añicos. Llega el 31. Subo. Abro los ojos y no sé dónde estoy. ¡Oh, mierda! Me he quedado sopa. Bajo del bus. No tengo dinero. Hace frío. La batería muere. Estoy sola. Un coche negro se detiene frente a mí. Echo a andar.

¡Una idea! Seguir las paradas del 31 hasta llegar a un lugar conocido. No veo bien. Las lentillas. Soy idiota. ¿Por qué me habré dormido? Sigo andando. ¿Qué hora es? Esa calle me suena. Parece Elgin Avenue. ¡Estoy en casa! Lloro. Me puede más el hambre. Bocata e ibuprofeno. Cama.

Me despierto temprano. Me toca abrir la tienda. Resaca, pero poca. Bien. Me hago una coleta. Me molesta un poco el brazo. Me lo miran en la farmacia: tengo un morado. Más painkillers. Trabajo, pero poco. Llego a casa. Amanece un nuevo día y lo mismo: curro y cama. 

Vuelve a amanecer. Es el tercer día. Mairi está muy enfadada conmigo. El brazo ha pasado de azul a negro. «O vas al médico ya o te llevo a rastras». Exagerada. St. Mary’s Hospital. Doctor fan de Benidorm. «¿Si hago esto te duele?». «No», confirmo. «Tranquila, no parece roto». Se marcha. Regresa. Parece agitado. Sacude la radiografía en el aire: «¡You must be a Superwoman!». Buena la he hecho. Fractura limpia de radio. Mi primer hueso roto y mi último gin-tonic.

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