Kiosco

La Opinión de Murcia

Gema Panalés

Todo por escrito

Gema Panalés Lorca

Lo que nos une, lo que nos separa

Que el lenguaje es machista es una realidad innegable. La lengua es una reflejo de nuestra sociedad y, aunque parece que progresamos adecuadamente, somos legatarios de unos usos y costumbres que ponen en evidencia la subordinación institucionalizada de la mujer, esto es, amparada por el propio sistema a lo largo de la historia. En nuestro país, la tutela del hombre sobre el ‘sexo débil’ estaba garantizada a través de leyes, de manera que, antes de la Constitución del 78, una española no podía abrir una cuenta bancaria sin el consentimiento de su marido, entre otras limitaciones que hoy nos parecen de locos.

El castellano tiene el honor de haber exportado al mundo la palabra ‘macho’ y su derivada, ‘machismo’, que se pronuncian igual en inglés. Pero eso no habla necesariamente mal de nosotros. Nombrar supone poner coto, echarle el lazo a una realidad que ya existía, pero que no había sido bautizada. Como observó el filósofo y lingüista Wittgenstein, «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Para poder cambiar algo es condición necesaria que exista un concepto que lo defina, que lo determine, que cree una frontera clara que permita diferenciarlo de lo que no es.

Las sociedades avanzan y así sus lenguas, pero el germen sexista puede hallarse en la propia raíz de las palabras. En mandarín, el radical de casa   宀 (imagínese el tejado de una vivienda) unido con el de mujer 女   (imagínese una embarazada de perfil) forman    , de     安静 (Annjìng), que se traduce como «tranquilo, silencioso», porque tradicionalmente la esposa dentro de casa debía estar en calma y callada. Una mujer (   女) que tiene un hijo de sexo varón (  子) es lo bueno, lo apropiado. Por eso la unión de estos dos caracteres forma 好    (Hao), que se traduce como “lo que es bueno”. Dos mujeres juntas 奻 (Nuán) significa ‘discusión’, al considerarse que dos féminas eran incapaces de estar en la misma habitación sin discutir.

Tendemos a pensar que los anglosajones y los países nórdicos son más feministas, pero no siempre es así, como demuestran los índices de violencia de género (la llamada ‘paradoja nórdica’). Locuciones comunes en los tabloides británicos como las ‘mums who lunch’ normalizan una categoría que engloba a las mujeres casadas con multimillonarios, cuya única ocupación es irse a desayunar con sus amigas y gastarse cantidades obscenas del dinero que sus maridos amasan en la city. Todo muy empoderador e igualitario, al igual que el acrónimo WAG (Wifes and Girlfriends), con el que la prensa amarilla se refiere a las mujeres trofeo de los futbolistas.

Aprender idiomas es también aprender a reconocer patrones culturales instaurados en los diferentes lugares del mundo. La adquisición de nuevas lenguas nos permite empatizar con nuestro interlocutor y ser conscientes de la realidad del otro. En este caso, el sexismo lingüístico es un rasgo común y universal de nuestras sociedades. Al final va a ser verdad aquello de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Compartir el artículo

stats