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La Opinión de Murcia

Divinas palabras

Satanás cayendo del cielo como un rayo

No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo

Seguimos con la lectura de las instrucciones que Jesús da a sus discípulos para misionar Israel y propagar el Reino de Dios. Se trata de la famosa «misión de los setenta y dos» en la que Jesús envío, de dos en dos a un número elevado de discípulos y discípulas, porque bien podrían ser parejas enviadas juntas a la misión. La lectura sesgada de los textos nos induce a pensar en un montón de varones tras Jesús, cuando es más que probable que el número de mujeres fuera incluso superior al de varones. Por tanto, ¿por qué no imaginar el envío de parejas estables a misionar? Es plausible que así fuera, pues el Reino de Dios no se construye principalmente con varones, sino con quienes son sistemáticamente estigmatizadas por la estructura de organización social imperante: las mujeres.

Jesús envía por delante a estas parejas para que cuando él llegue ya hayan escuchado y vivido qué es el Reino, por eso las instrucciones son claras: «No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino». Se trata de ir rápido, entrar en los pueblos y vivir en medio de ellos, sin pedir nada, sin acumular nada. Todo está en función del Reino de Dios, que debe ser vivido como un anuncio gozoso. Los anunciadores del Reino no pueden ser confundidos con pedigüeños ni con discípulos de maestros al uso, que gustan de sentarse en los primeros puestos de los banquetes, adornarse con largos vestidos y ser llamados «padre». No, los discípulos y las discípulas de Jesús se distinguen, precisamente, por no diferenciarse del pueblo normal, de ahí que su estilo de vida sea radical, sin adornos ni superficial; la vida de los discípulos es, ya, la imagen del Reino de Dios. Este entusiasmo con el que los seguidores viven el seguimiento les lleva a sentirse poderosos, a creer que son distintos, incluso superiores. Por esto, Jesús les advierte: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo». Los enviados por Jesús tienen una gran misión, y como él mismo, una gran tentación: creerse superiores, sentir que dominan el mundo. No es este el camino. Que los discípulos posean el poder de dominar a los espíritus no los hace superiores, ese poder es un simple efecto del cambio de vida que supone el Reino de Dios. Por eso, «no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

La renuncia a las posesiones y la entrega al servicio de los demás crea el espacio posible para vivir la fraternidad. El espacio de la fraternidad es el ámbito de lo común. Sin lo común no hay fraternidad posible, solo existirían individuos, átomos sin puertas ni ventanas que les comuniquen con los demás. Jesús exige esta renuncia a lo propio como forma de crear el espacio de la fraternidad que es el Reino de Dios. Por extensión, la Iglesia es el espacio natural de la fraternidad, donde se produce la renuncia a la posesión y se crea una realidad plenamente humana, la realidad divina. En la Iglesia nos hacemos hermanos y hermanas por ser hijos e hijas de un mismo Dios que es, en sí mismo, un espacio de fraternidad universal. Tras el envío de los discípulos y discípulas por parte de Jesús está la extensión del espacio de amor social que es la expresión del Dios de Jesús.

La tentación de la Iglesia es convertir lo común, espacio sagrado por excelencia, en lo privado, en la profanación de lo común. Privatizar es satanizar.

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