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La Opinión de Murcia

Julio Llamazares

Caleidoscopio

Julio Llamazares

Escritor y guionista. Autor de 'Luna de lobos', 'La lluvia amarilla', 'Cuaderno del Duero' y 'Atlas de la España imaginaria'.

Anochecer en Nador

Así titulé yo hace 34 años un artículo para una revista literaria, El Urogallo, ya desaparecida hace mucho, y así quiero titular este artículo hoy a la vista de las personas amontonadas en el suelo, algunas de ellas agonizantes o ya muertas, en la ciudad del norte marroquí, en la frontera con Melilla.

«Más que en los paisajes de sus campos y que en la arquitectura de sus ciudades, más que en la perspectiva de su horizonte y que en la propia vegetación, la diferencia principal entre África y Europa está en el anochecer. Quien haya visto la caída de la noche del otro lado del Mediterráneo (…) habrá comprobado ya que hay fronteras más fuertes entre africanos y europeos que la religión o el mar. Yo lo entendí así aquella tarde en Nador, en la terraza del Café Marítimo, mientras los altavoces de todas las mezquitas saludaban la llegada de la noche y un dulce cielo negro, cuajado de palmeras, se empapaba poco a poco de la sangre de las cabras que ese día habían sido sacrificadas en los mercados de todas las ciudades del islam…».

Eso escribí hace 34 años, pero hoy cambiaría la sangre de las cabras por la de los africanos muertos y heridos en su intento por pasar a España, sangre que se suma a la de otros muchos muertos y heridos desde entonces en uno de los sacrificios más inhumanos e incomprensibles de cuantos tienen lugar en el mundo y no en el tercermundista y remoto sino en el europeo, pues europeas son las vallas y la policía que se interponen entre los desesperados africanos y nosotros.

La visión de docenas de cuerpos amontonados en el patio de un cuartel de la gendarmería marroquí de Nador, algunos de ellos convulsionando y otros ya inmóviles, mientras sus captores los miran indiferentes, debería remover los estómagos, sino ya las conciencias, de todos esos que afirman en el bar a la hora del aperitivo o en sus casas mientras comen en familia que hay que impedir como sea la llegada de extranjeros salvo que vengan con los papeles en regla. Desde la suerte de haber nacido en Europa es fácil hablar de legalidad aunque no case con la caridad cristiana de la que presumen unos ni con la solidaridad que proclaman otros. Porque entre quienes rechazan compartir nuestro bienestar con los pordioseros los hay de todas las ideologías, no necesariamente son todos de extrema derecha.

La declaración de Pedro Sánchez calificando de impecable la actuación de las policías marroquí y española en la frontera entre Melilla y Nador cuando los muertos iban ya por la docena y los heridos por el centenar no desmerecen en nada a las de los líderes europeos neofascistas ni a las de todos esos católicos que claman contra el aborto porque están a favor de la vida mientras callan a la vista de los africanos muertos en su intento por huir de la miseria o de la guerra. Seguramente todos dormirán con la conciencia tranquila mientras otros no tienen donde dormir ni donde caerse muertos.

Ese mar del color del vino que nos separa del Tercer Mundo, el mar de Homero y del turismo internacional de lujo, el mar al borde del cual se asoman cuando llega el anochecer los habitantes de los dos continentes para soñar, es hoy un inmenso espejo en el que se reflejan nuestras contradicciones, esas que tanto nos duele reconocer porque nos creemos buenos y solidarios por acoger a los ucranianos que huyen de la tragedia, que es lo mismo de lo que huyen los africanos a los que rechazamos.

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