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La Opinión de Murcia

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¿Qué ha cambiado en Colombia?

Días antes de que se celebren elecciones en algún país de América Latina siempre contacto (con un e-mail o por WhatsApp) con amigos que viven en el país en cuestión para preguntarles cómo ven los comicios venideros. Evidentemente hice lo propio en el caso de las elecciones presidenciales en Colombia, tanto en la primera como en la segunda vuelta que se celebró el pasado 19 de junio. Las respuestas de mis amigos, la mayoría petristas, tenían en común la incredulidad ante una victoria de su candidato. En Colombia las encuestas están prohibidas la semana anterior a las elecciones y los últimos sondeos que se publicaron en relación a la segunda vuelta presidencial anunciaban un empate técnico. Ante tal escenario mis amigos señalaban desenlaces fatales que iban, según su grado de confianza institucional, desde la premonición de un apoyo cerrado del régimen hacia Rodolfo Hernández hasta la maquinación de un fraude electoral que impediría la llegada de Petro a la presidencia.

Hoy sabemos que la jornada electoral fue modélica y la candidatura izquierdista venció con un 50,44% de los sufragios, frente al 47,31% que obtuvo el casi octogenario Rodolfo Hernández. De todas formas, lo señalado da cuenta de que los colombianos que simpatizan con la izquierda han visto, hasta hoy, con dudas la posible llegada al poder de un presidente de izquierdas. Se trata de una incredulidad fundada en la experiencia y que da cuenta de asesinatos, fraudes y compra de voluntades.

Sin embargo, la noche del 19 de junio de 2022 algo cambió y en olor de multitudes el exalcalde de Bogotá y miembro de la singular guerrilla urbana M19 Gustavo Petro celebró su victoria en las urnas. Junto a él estaba Francia Márquez, una mujer afrocolombiana de origen humilde, activista y abogada, que será la vicepresidenta del país.

¿Qué ha pasado en Colombia para que la izquierda haya llegado al poder? ¿Qué ha permitido la victoria de Petro? La respuesta —con permiso de quienes defienden que las administraciones de los presidentes pertenecientes al Partido Liberal (formación adscrita a la Internacional Socialista) podían considerarse socialdemócratas— pasa por señalar que la llegada de un izquierdista al poder solo podía acontecer después de la desmovilización de todas (o casi) las guerrillas presentes en el país. Solo después de la firma de unos acuerdos de paz como los de 2016 es posible que un sector mayoritario del país haya visto con buenos ojos la posibilidad de movilizar políticamente amplios sectores populares para abanderar y construir un proyecto de cambio.

La ausencia de guerra —que no de violencia— y la percepción de que el modelo económico neoliberal impulsado durante décadas no ha traído desarrollo, crecimiento ni equidad han supuesto un apoyo social mayoritario a Petro. Pero no solo eso, también Petro ha tenido que moverse para construir una coalición lo suficientemente amplia como para no despertar recelos dentro del país —entre sectores moderados de clase media— ni fuera del país, prometiendo estabilidad económica para grandes empresas y garantías geopolíticas a Estados Unidos. La firma del equipo de Petro con la Administración estadounidense de que, en caso de llegar al poder, Washington continuaría siendo un socio estratégico y preferencial es una muestra clara de ello.

Con todo, también cabe señalar que las urnas han dejado un país dividido. Los territorios que votaron en contra de los acuerdos de paz en 2016 se dejaron seducir por el discurso antipolítica y reaccionario que lanzó Hernández desde sus espots en Tik-Tok. Por otro lado, el voto a Petro caló en muchos sectores residentes en las grandes ciudades (con la excepción de Medellín) que ya votaron en 2016 a favor de los acuerdos de paz, y que se oponen al fracking, aprueban el aborto legal y el matrimonio igualitario. Además, el hecho de que Petro hubiera confeccionado un tándem con una mujer afrocolombiana también impulsó su candidatura por encima del perfil habitual del voto izquierdista clásico.

Pero si la llegada de la izquierda al poder ha supuesto una ingente inversión en tiempo y esfuerzo, es obvio pronosticar que la implementación de las políticas prometidas por el presidente electo tampoco será nada fácil.

La existencia de un Congreso y Senado muy fraccionado, donde el Ejecutivo no tiene apoyos estables, pronostican un mandato muy complicado.

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