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Paul McCartney: aquel chaval de Liverpool

Paul McCartney

Doy fe (sin notario) de que, al menos hasta el estallido de la pandemia, el garito The Cavern Club, en Liverpool, un viejo almacén de ladrillo donde los Beatles actuaron por vez primera el 16 de enero de 1957, se llenaba todas las noches hasta los topes de una fauna transgeneracional que jaleaba las canciones encadenadas en el escenario por cuatro imitadores, bastante dignos, disfrazados con pelucas mop-top. Noche tras noche, un desparrame de cuerpos, entre millennials y octogenarios, en gozosa comunión. «Can’t buy me love, no, no, no, no». ¿Quién no ha bailado una canción de los Fab Four? Son un mito, la banda sonora de una época, los años 60, que todavía irradia sobre el camino su esplendor e inocencia. Tras el asesinato del inconformista John Lennon (1980) y la muerte del místico hare krishna George Harrison (2001), siguen partiendo la pana el batería gamberro, Ringo Starr, y sir Paul McCartney, el más modosito de los cuatro, quien acaba de estrenar, atención, las 80 primaveras. The long and winding road.

Desde que decidió prescindir del tinte color avellana y dejarse las canas, hace cuatro años, Macca parece más auténtico, incluso juvenil. Y todo indica que la dieta vegetariana lo mantiene en plenitud de facultades, pues no solo acaba de concluir la gira norteamericana Got Back de 16 conciertos, sino que el próximo sábado se convertirá en el artista de más edad en subir al escenario como cabeza de cartel en Glastonbury. ¡Y hará un dúo virtual con Lennon! Por cierto, también corren el riesgo de convertirse en holograma el barro y las botas de agua hasta las rodillas del legendario festival: ya no llueve como antes, ni siquiera en la vieja Inglaterra.

¿Cuál es el secreto de este músico gigantesco? Pues su bajo Höfner, las progresiones de acordes, las armonías vocales, un instinto animalesco para la melodía y una gran capacidad de trabajo, a machamartillo. Dicen que la famosa Get back la sacó a lo tonto mientras la banda esperaba a Lennon, que se atrasaba para un ensayo, así, en un pispás, un riff genial, como quien no quiere la cosa: «Vuelve adonde perteneces». Resulta imposible quedarse con una sola de cuantas canciones firmó McCartney… Yesterday, Hey Jude, Eleanor Rigby o Let it be, que compuso tras haber soñado con su madre, muerta de cáncer de pecho cuando el chico contaba 14 años.

Y quién era mejor, ¿él o Lennon? Dilema absurdo. Ambos se olisquearon como los chuchos callejeros y se reconocieron el genio tras una actuación en la parroquia de la banda del segundo, los Quarrymen (Los Canteros). Fue la alquimia de la fusión, la magia de competir desde el respeto y la admiración mutuos. Tal vez los soldó la condición de huérfanos tempranos.

Así, desde la grisura de la posguerra, desde los solares bombardeados de su Liverpool natal, antiguo puerto esclavista, aquellos adolescentes de suburbio, de puré de patatas con salchichas, le dieron un revolcón a la vida, a sus ídolos del rock and roll (Buddy Holly, Little Richard), para hacerla estallar en un arcoíris psicodélico. Desde su primer sencillo (Love me do, 5 de octubre de 1962), sus canciones sonaban limpias, simples, distintas. Se dice pronto: 600 millones de álbumes vendidos en todo el mundo, el grupo más exitoso de la historia.

La culpa por el divorcio se repartió entre la controvertida Yoko Ono, la artista conceptual con quien se emparejó Lennon; la irritabilidad de Harrison, que se sentía menospreciado («a lo mejor necesitáis a Eric Clapton»); y el talante algo marimandón de McCartney. Pero hace poco Macca quebró el silencio al confesar que la banda ya estaba rota cuando él lo anunció, que fue Lennon quien apostó por otra vida, quien quiso irse porque había sido criado por su tía Mimi, una mujer bastante represiva, por lo que «siempre buscaba liberarse». ¿Qué más da a estas alturas?

Luego, formó con la banda Wings junto con su esposa, la norteamericana Linda Eastman (no estuvo mal la canción aquella Mull of Kintyre), y siguió el camino en solitario cuando aquella murió en 1998, también de cáncer de mama. Volvió a encontrar el amor con Heather Mills, exmodelo y activista contra las minas antipersona, con quien vivió un divorcio de pesadilla. Su esposa actual (la tercera) es la empresaria norteamericana Nancy Shevel. Cinco hijos.

A McCartney le espera una vejez a buen cobijo: tiene una fortuna amasada de más de 1.200 millones de dólares. Pasó tantas estrecheces durante la niñez y adolescencia que prometió que nunca le faltaría un penny en el bolsillo.

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