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Nombres propios

La maldición del amor

Si aquí cupieran las 136 páginas holgadas de Las palabras justas, me ahorraría el artículo. Milena Busquets Tusquets (Barcelona, 1972) está «detrás de cada frase y cada coma» impresa: están sus gustos personales, apreciaciones existenciales y lecturas; y también están sus dos hijos, su madre (Esther Tusquets, fundadora del Lumen histórico, la editorial de prestigio entre los 60 y el cambio de siglo, buena escritora también), retazos de su padre (el poeta Esteban Busquets) y, por supuesto, sus fugaces enamoramientos y boutades imprescindibles.

Pero vamos allá: nacida y educada en el seno de la más exquisita Gauche Divine barcelonesa, estudió en el Liceo Francés y se licenció en arqueología en el University College de Londres. No estaba, sin embargo, su vida abocada a las excavaciones, sino al negocio editorial ya heredado de su abuelo.

Trabajó junto a su madre primero en Lumen (siempre tan amable al teléfono la joven Tusquets, y en aquellos primeros e-mails que nos parecían magia porque nos acercaban a los desconocidos) y a continuación, tras la venta a Mondadori, en la independiente RqueR, fundada por las dos, en edad ya muy madura de Esther, que consiguió mantener a algunos de los grandes, como Miguel Delibes o Martín Garzo. Lo que ocurrió allí dentro lo desconozco, pero el sello desapareció (dejando un notable agujero económico) y con él, me temo, el último intento de concordia entre madre e hija. Cuestión genética tal vez, porque Esther también vivió convencida de que su madre no la quiso. Milena Busquets confiesa (o se congratula de) no haber leído nunca los libros escritos por Esther Tusquets.

En 2008 se atrevió a saltar la barrera y publicó su primera novela, Hoy he conocido a alguien, que no llegó a los mil ejemplares vendidos. Leyendo su sinopsis, es fácil creer que ya era aquello un diario (la protagonista se repite), como el que ahora ha publicado en Anagrama, su editorial desde que en 2015, con otra novela biográfica, esta vez en torno a la muerte de su madre, consiguiera el respaldo de crítica y ventas, También esto pasará (traducida a treinta lenguas). Ahora dice Milena que la autoficción, que la ha llevado a reconocerse por fin escritora («hasta ahora sentía que tenía que pedir permiso para escribir, pero eso se acabó», nos contaba la pasada semana), ya le ha dado todo y que buscaba un cambio de registro: directamente el dietario, igual de íntimo, insolente, descarnado y apresurado, que tanto recuerda a la escritura de su tío favorito, el arquitecto Oscar Tusquets, muy dado también a las frases brillantes y divertidas mientras opina del resto. Reconoce Milena que «escribiendo me siento más próxima a mi tío (que a su madre)» y que ninguna ficción posible le seduce tanto como para abordarla.

Tiene Milena dos hijos, que salen de continuo en estos papeles como interlocutores; el mayor ya ha elegido ser ingeniero y termina su Teleco, y el pequeño, que sin duda será artista.

Con ellos sí ha conseguido la escritora una buena interacción materno-filial, ¿habrá logrado romper la maldición de la saga?

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