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La Opinión de Murcia

Divinas palabras

La paz de Jesús

En los orígenes del cristianismo, las comunidades eran grupos de contraste con la realidad circundante del Imperio romano. En su seno se podía vivir según valores alternativos, como la solidaridad entre personas de grupos sociales subalternos y una relativa igualdad entre géneros, como recuerda el apóstol Pablo a los Gálatas: «En Cristo no hay ni judío ni griego, ni libre ni esclavo, ni hombre ni mujer». En términos actuales, dentro de las comunidades no existían diferencias étnicas, sociales o de género, pues toda persona que se suma a la comunidad es un hermano o hermana más dentro de un movimiento amplio que podía abarcar al Imperio entero. Es aquí donde está la clave para entender las persecuciones que, si bien no sistemáticas, sí fueron puntualmente muy duras.

Plinio el Joven, gobernador romano de Bythinia, escribe al emperador Trajano a comienzos del siglo I indicando que los cristianos son perseguidos por ser tales, no porque existan delitos. Es decir, son perseguidos por su forma de vivir, pues es tenida por perjudicial para el Imperio. Esta forma de vivir es la clave para comprender la fuerza del cristianismo, fuerza que con el tiempo tendió a perder y que supone una impugnación radical del modo romano de ser en el mudo.

En el pasaje que leemos hoy, Jesús da un mensaje claro a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo». Ese mundo del que habla es el mundo romano. La paz de Jesús no es la pax romana, impuesta por la violencia y al servicio de una élite que se apropia de cuanto existe en el mundo. La paz de Jesús no es pax ni eirene, es Shalom. No se trata de simple ausencia de conflicto, o de un equilibrio del ánimo, es también la presencia de una seguridad y un equilibrio personal y social que construye desde la raíz del amor la comunidad y a toda sociedad. La paz de Jesús es la base que sustenta la comunidad cristiana allí donde exista. Por eso, desde muy pronto, se comenzó a ejemplificar esto en las celebraciones con el ósculo de la paz que implica cercanía e intimidad familiar.

Los cristianos y las cristianas conformamos una nueva familia que tiene su razón de ser en las relaciones que Jesús mismo estableció con quienes le siguieron y amaron, porque su familia no son su madre y hermanos carnales sino «quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra. Esos son mi madre, mis hermanos y mis hermanas».

La paz, en el Antiguo Testamento, es fruto de la justicia; con Jesús, la paz es fruto del amor entre hermanos y hermanas, el mismo amor que Jesús vive en su relación profunda con el Padre. El amor es la clave para entender la vida divina y para construir la vida humana. La paz es la expresión social del amor comunitario.

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