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La Opinión de Murcia

ESCARABAJAL,-DIONISIO

Jodido pero contento

Dionisio Escarabajal

Si no es panacea para perder peso, se parece mucho

Bajar de la frontera entre la obesidad y el sobrepeso se convirtió para mí en un objetivo obsesivo desde que cumplí los 40, después de que a los treinta y tantos empecé a engordar de forma más o menos descontrolada. Fui un niño mofletudo (se aprecia en mis fotos de primera comunión vestido de marinero), un adolescente sedentario con sobrepeso y, como sucede a la mayoría de los niños con tendencia a engordar, los trabajos y ansiedades de la madurez nos precipitan a la obesidad. La primera vez que obligué a mi madre a llevarme a un endocrino para ponerme a dieta, tenía nueve años. Para ella, el que yo estuviera regordete era una bendición del cielo. Ella había pasado más hambre que «el perro del tío Alegrías», según expresión que en mi vida solo le escuché a ella, y alimentarme como si no hubiera un mañana era su objetivo. Me contaba que le hacían silbar mientras recogían almendras subida al árbol, no fuera que los propietarios de la finca se arruinaran porque sus recolectores se comieran una parte de lo que recogían. 

Aunque he seguido atento a los avances de la medicina en el campo del adelgazamiento, la verdad es que estaba a punto de tirar la toalla y asumir que mi peso normal estaba en ese umbral que supera por poco el IMC de 30 que define de forma inmisericorde el penoso estatus de persona obesa. Entonces empecé a leer en prensa extranjera que un medicamento que se probaba para la diabetes provocaba pérdidas significativas de peso. Supuse, como otras veces, que, si se consolidaba este remedio, ya me llegarían noticias oportunamente, y continué como si nada con mis trabajos de Sísifo para intentar llevar un estilo de vida saludable a la espera del medicamento milagroso.

Eso fue hace un par de años (lo sé porque guardé el artículo de The Guardian que lo comentaba). Hace un par de meses, alguien comentó que una conocida estaba consiguiendo perder peso mediante unas inyecciones. Y, coincidiendo casi con ello, Julia Otero entrevistó en su programa de la tarde a la jefe del servicio de Endocrinología del Hospital Vall de Hebrón, conocido por ser el establecimiento más avanzado de nuestro país en varias ramas de la investigación médica. Una oyente envió una pregunta para la entrevistada sobre los efectos adversos de unas «inyecciones para perder eso». Aparte de negar que esos efectos adversos fueran significativos, la respuesta de la entrevistada me confirmó, tácitamente, que el remedio del que yo había leído, u otro similar, estaba ya operando en el mercado.

Sin mucha convicción, pedí cita en mi Centro de Salud, en la Alcayna, donde la doctora de turno y una compañera que estaba tratando varios casos, me confirmaron la existencia y la eficacia de un medicamento llamado Ozempic, cuyo principio activo es la semaglutida. La mala noticia es que el medicamento en cuestión solo es financiado por la Seguridad Social si el paciente está diagnosticado con Diabetes tipo 2. Pero se receta sin subvención sin ningún problema si tu situación de sorbrepeso lo recomienda y tu estado clínico lo permite. Debo de agradecer desde aquí la espléndida atención médica recibida, tanto profesional como humana, por parte del personal sanitario que atienden en el Centro de Atención Sanitaria en La Alcayna, como es el caso del doctor Pedro Manuel Román, y de enfermeras como Gina Ramos. Cualquiera que me conozca sabrá que, tratándose de una cosa de suma importancia como esta, por razones personales y familiares, escribo este artículo solo después de haber leído y oído casi todo lo publicado en internet sobre el asunto recientemente.

El medicamento en cuestión se autoadministra (cuando se ha adquirido un mínimo de técnica para hacerlo) mediante una pluma como la que se usa para administrar insulina, que apenas produce alguna sensación cuando se inyecta en el estómago, muslos o brazos. Se empieza por una dosis pequeña y se aumenta progresivamente. La lista de posibles efectos adversos (como casi cualquier medicamento que produzca resultados efectivos) es kilométrica, pero la inmensa mayoría de los que pueden llegar a ser graves son altamente infrecuentes. 

En todo caso, hay que tomarlo bajo estricto control médico, como cualquier medicamento. El principio activo parece ser una réplica sintética de la hormona humana que regula la secreción de insulina. Ayuda, por lo tanto, a disminuir el apetito y a aumentar la sensación de saciedad, que es el mismo efecto que produce la insulina en las personas diabéticas. Un estudio preliminar confirmó su práctica inocuidad y su efectividad para reducir el peso de los que recibían el medicamento. 

El último estudio, con casi 2.000 sujetos en régimen de doble ciego (ni los pacientes ni los responsables del estudio conocen la identidad de los que toman el medicamento o un placebo), demostró que la pérdida de peso oscila entre el 5% y el 15% al cabo de 64 semanas, con una proporción significativa de participantes que tomaron el medicamento y perdieron el 20%. La mejor noticia es que el porcentaje de pérdida no tiene relación con el peso de partida. Al ser una ayuda efectiva para disminuir la ingesta, afecta a todas las personas por igual, independiente de su peso, y dependiendo de su metabolismo, de ahí la importancia extrema del control médico para evitar autoconsumos patológicos.

Mi experiencia personal de los últimos tres meses corrobora al 100% los resultados de ese estudio. Claro que, en su fase madura, hay que apoquinar en la farmacia casi 150 euros al mes, pero puedo certificar que compensa hasta el último euro con los ahorros en la compra y, mucho más si eres aficionado a las salidas gastrolúdicas, que aportan muchas calorías y alivian de forma significativa el bolsillo.

Pero lo mejor es la sensación de estar en el camino de lo que ya me parecía inalcanzable: alcanzar a una edad en la que todavía se mantiene una actividad razonable, un peso saludable, que es la mejor protección para un montón significativo de enfermedades que castigan de forma implacable a personas con problemas de obesidad. 

Y de ahí el corolario lógico de esta historia. ¿En qué cabeza de chorlito cabe que un medicamento como este no se amortizaría mil veces en poco tiempo si la Seguridad Social lo financiara totalmente, al menos a ese 30% de la población que padece obesidad? Esa es la opinión de mi médico de familia, el doctor Román, y debería ser las de las autoridades sanitarias, si tuvieran un mínimo de cabeza.

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