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La Opinión de Murcia

ARROYAS,-ENRIQUE

Dulce jueves

Enrique Arroyas

Camino Mojácar

Mojácar

En primavera Mojácar todavía conserva su encanto de calles estrechas y casas blancas sin el agobio de los turistas. La carretera de Terreros a Villaricos, bordeando la costa, entre el azul luminoso del mar y las montañas de pizarra, nos conduce al territorio de los sueños. Dimos un paseo por el pueblo, caminando lentamente por sus calles adornadas con geranios, compramos un vino blanco de la Alpujarra almeriense. Cuando llegamos a la parte más alta, había una casa con la puerta abierta. En la entrada había un mueble antiguo lleno de libros. Al fondo, recortada sobre el azul del cielo en el ventanal del otro extremo de la casa, se veía la silueta de un hombre que leía sentado en una mecedora, con más pilas de libros alrededor. El espacio en penumbra rodeado de silencio, del azul del mar y del blanco de las paredes exteriores, brillaba bajo el suave sol de la primavera. Seguimos caminando, pero volví sobre mis pasos para mirar otra vez. ¿Por qué no soy yo ese?, me pregunté. 

Ayer anoté una frase de Schopenhauer sobre el destino: «De modo análogo a como cada uno de nosotros es el secreto director teatral de sus sueños, también ese destino que domina nuestra vida real proviene, en última instancia, de aquella voluntad que es la nuestra propia, pero que, al reinterpretar el papel del destino, actúa desde una región situada muy por encima de nuestra consciencia individual». ¿El destino somos nosotros mismos? ¿Cada uno traza su propio destino, pero desde la parte oculta (y verdadera) de su propio ser? Eso daría sentido y coherencia a cada vida individual, pero también significa que hay otros que dibujan sus propios trazos en nuestro destino. ¿Es el destino la mezcla de nuestros más ocultos deseos y temores? Miro mi vida y puedo reconocerme en ella, aunque nos esté prohibido saber hacia dónde vamos. 

Pero entonces llega un momento en el que la vida da un giro. Miramos atrás y el pasado ha adquirido un color sepia, como esas fotografías antiguas que nos parecen tan lejanas en el tiempo que ya están fuera de nuestra realidad. Y, sin embargo, lo demás adquiere un color inesperado, como el azul del ventanal sobre el que leía el hombre de Mojácar. Ese color cubre de repente todo lo que hemos vivido como un lienzo o una página en blanco sobre la que escribir de nuevo, encima de la parte borrada de la memoria. Y descubrimos que imaginar es mejor que recordar. 

Cuando se llega a cierta edad nos da por pensar en lo que no hemos hecho y deseamos hacer. Nos da por planear escapadas guiados por la nostalgia de lo perdido y por la esperanza de recuperar o reinventar al menos una parte de lo perdido. Y así, quizá, averiguar de una vez cómo es ser la persona que hemos intentado ser toda la vida. 

 

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