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La Opinión de Murcia

El palique

Clavada en el aeropuerto

Habrá que darse al whisky. Una sentencia del Supremo impide a Aena fijar en los aeropuertos un precio máximo de un euro para el botellín de agua pequeño. Hay que salir bebido de casa. El ente aeroportuario se hico eco de la sed de sus usuarios en 2018 y obligó a tiendas, bares y máquinas a limitar el coste para el cliente del líquido elemento. A partir de ahora, pagaremos por veinte o treinta centilitros cualquier burrada. Dice el Supremo que en los aeropuertos españoles hay negocios pero que son concesiones y no alquileres y que por tanto, nada de intervenir en precios. En los aeropuertos, además de muchas tiendas, lo que hay también es mucha cara. Uno ya se había acostumbrado a pasar hambre por no pagar un sandwich de plástico a precio de plata fina. Ahora habrá que ir a beber a los lavabos o pasar más sed que comiendo polvorones en bocadillos. El asunto, lo contaba El País, llegó en su día al Defensor del Pueblo, que seguramente estudió el caso con un botellín de agua al lado. Tal vez ahora entiendo por qué mucha gente se sube al avión ahíto de cerveza, que sin ser barata produce al menos otros efectos que hacen agradable la inversión.

Entre el taxi y el agua, a veces te gastas más que en el propio vuelo, que también lo haces sediento, no te vayan a cobrar un riñón por un vino, un agua o un Fanta. Encima, si te cobran un riñón no puedes con uno solo filtrar bien el líquido y entonces estás jodido. Y sediento. El libre mercado tiene estas cosas. A veces uno llama cosas a los abusos. Compras a las puertas del aeropuerto un botellín por cincuenta céntimos y el mismo botellín, una vez penetras en el recinto cuesta dos euros. O tres. Eso si consigues, penetrar, porque los aparcamientos de los aeropuertos son más intrincados que el mapa del tesoro. A nivel internacional hay una recomendación para que el precio del agua en los aeropuertos no sea un exceso. No se cumple. Mal de muchos, consuelo de acuáticos.

Ya no puede irse uno de juerga la jornada antes de volar. Nada de venga, unos mojitos, que es la última noche. A no ser que seamos capaces de mitigar la resaca a palo seco, sin agua, sin esa caricia que desengrasa la lengua, vivifica el gaznate, serena el ánimo y ofrece fuerzas nuevas. Sed aérea. Que dónde están los floreros.

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