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La Opinión de Murcia

Diego Jiménez

Desde mi picoesquina

Diego Jiménez

La guerra es inherente al sistema capitalista

He dedicado dos artículos en LA OPINIÓN a hablar de la guerra que se libra en Ucrania: Ucrania.¿Centro de la nueva Guerra Fría? (1-2-22) y Ucrania: la geoestrategia contra la razón (15/3/22). Pero los acontecimientos de ese dramático conflicto se suceden vertiginosamente. También la fuerte polarización que esa guerra ha generado sobre todo en el ámbito de la izquierda. Por ello vuelvo a incidir en el tema.

Han pasado los tiempos de la unanimidad que despertara en su día la oposición izquierdista a la guerra de Irak. Por el contrario, hoy la fractura que se ha producido no sólo en el seno del Gobierno de coalición sino dentro de las filas de la izquierda del PSOE es un hecho. Las redes sociales hierven.

Y las diatribas entre quienes critican sin ambages la invasión rusa de Ucrania, criminalizando a Putin, y quienes, sin justificar tal agresión, intentan aportar un mínimo de racionalidad al conflicto, son también evidentes. Como si la manipulación informativa de los dos actores en conflicto no existiera para, al menos, poner en duda las noticias que nos ofrecen.

Para algunos analistas, la guerra de Ucrania ha creado una masa crítica de opiniones casi imposible de digerir y convertido esas opiniones en una mercancía abundante que, convenientemente dirigida, ha ido llenando los bolsillos de los gigantes tecnológicos de la comunicación. Porque un hecho social tan complejo, la guerra actual entre dos Estados civilizados de la vieja Europa (para nada vemos las similitudes con el bombardeo de Guernica de 1937 que expusiera ante el Parlamento español el presidente ucranio Zelenski, cosa que se ha encargado de aclarar Ángel Viñas), se ha ido convirtiendo, por efecto de la guerra mediática y propagandística, en una toma de posiciones y de ‘bandos’ tan artificial como absurda. Artificial porque, además de los efectos visibles de este ominoso conflicto, hay otros elementos que subyacen al mismo más difíciles de detectar. Me propongo, sintéticamente, aportar otros elementos de análisis.

DESTRUIR PARA RECONSTRUIR. EL NEGOCIO DE LA GUERRA. Hay un hecho evidente: en todas las guerras, la parte más afectada es la población civil. Desde que el mundo es mundo, sus inductores y los altos mandos militares observan la sangría humana que toda guerra lleva consigo desde sus atalayas privilegiadas, a salvo de los efectos mortíferos del armamento en juego y de las vicisitudes del campo de batalla.

Y uno de los principales efectos de esta guerra, las sanciones, no está afectando a Rusia (ha fortalecido sus relaciones comerciales con países emergentes asiáticos como la India, también Pakistán y sobre todo con China, y ha logrado estabilizar la cotización del rublo), sino a la rica, y ahora más dependiente, Europa.

Sabemos que EE UU va a incrementar un 68%, respecto de 2021, el envío de gas (por supuesto, más caro) a la UE, para rebajar la dependencia energética de Rusia. El acuerdo UE-Biden se enmarca en el compromiso europeo de reducir en dos tercios esa dependencia, esto es, pasar, antes de que acabe el año, de esos 155.000 millones de metros cúbicos a 50.000 millones, cantidad que, como se ve, aún queda muy lejos de poder compensar las importaciones rusas.

Ante este panorama, la conclusión es evidente: EE UU, inductor de la actual guerra, que como las dos anteriores guerras mundiales se desarrolla lejos de su territorio, se va a beneficiar claramente de la misma, y, en contrapartida, asistiremos al empobrecimiento de las capas populares del resto de Europa.

Pero es que, además, a la potencia norteamericana no le ha venido importando contribuir, directa o indirectamente, a destruir con sus guerras de agresión las infraestructuras básicas de un país, sino todo lo contrario, pues el negocio de la reconstrucción (como el de los contratistas yanquis que se llenaron los bolsillos en Irak), en manos de empresas privadas, es muy lucrativo.

Otro de los sectores más beneficiados por la guerra, es, por motivos obvios, lo que ha venido denominándose el complejo militar-industrial. Pese a su sonoro fracaso, el terrible coste humano, político y de seguridad de los veinte años de intervención yanqui en Afganistán no ha sido tan desastroso para ese complejo militar-industrial. Desglosando los costes, parte del gasto de la Administración norteamericana en ese país arroja las siguientes cantidades: 800.000 millones de dólares se destinaron a operaciones de contrainsurgencia; 85.000 millones, a entrenar y equipar al Ejército afgano (ya vemos para lo que han servido, en la medida en que éste desertó visiblemente ante el avance talibán); y sólo 4.000 millones a ayuda humanitaria.

Esto es, el coste de la guerra es gravoso para el contribuyente norteamericano pero un negocio redondo para los inversores en empresas de armamento. Aporto algunos datos de algunas de esas empresas de armamento americanas que se han hecho de oro en Afganistán: Lockheed Martin ha obtenido un beneficio total, desde 2001, del 1.235,60%; Northrop Grumman, un 1.196,14%; Boeing, 974,97%, y General Dynamics, 625,37%. Se calcula que una persona que hubiera invertido 10.000 dólares en 2001 en cualquiera de las cinco principales empresas militares de EE UU habrá multiplicado por diez su inversión en estos últimos 20 años.

A su vez, EE UU/OTAN viene exigiendo a sus ‘socios’ el incremento del gasto militar. Pese a la crisis, éstos respondieron afirmativamente en 2020, antes de que estallara la actual crisis. Y en estos momentos, se les exige que eleven ese gasto al menos al 2% del PIB (España, que está por debajo de ese porcentaje, se dispone a ‘obedecer’ el mandato de la OTAN).

EL CAPITALISMO NECESITA LA GUERRA. Hechas las consideraciones que anteceden, creo que hay un hecho incontestable: el sistema capitalista, representando hegemónicamente en Occidente por la OTAN y EE UU, necesita la guerra para su reproducción.

Si nos atenemos al siempre científico pero denostado método de análisis marxista, entenderemos que la guerra que hoy se libra en Ucrania no difiere mucho de las que se dan en otras zonas más subdesarrolladas del globo, como Siria, Yemen, Libia, Somalia, Mali, el Sahel… Guerras que no son sino una necesaria adecuación del modo de producción capitalista a escenarios de crisis de larga duración. Aunque parezca un disparate mi afirmación, es cierto que el capitalismo necesita destruir fuerzas productivas y tecnología (¿qué fueron, si no, las dos guerras mundiales?) e incluso (y esto sí que es sangrante) fuerza humana de trabajo, como condición para reiniciar un nuevo ciclo de acumulación de capital mediante la actualización de la ciencia y la tecnología y el nuevo impulso al consumo de masas. ¿Les suena el Plan Marshall?

El activista y escritor uruguayo Raúl Zibechi, en un artículo del pasado noviembre de 2021 en La Jornada, pone en duda los supuestos límites del sistema capitalista y le otorga a este modo de producción una tremenda capacidad de supervivencia. Alega que ni siquiera las revoluciones han podido erradicar este sistema ya que, una vez tras otra, en el seno de las sociedades prerrevolucionarias se expanden relaciones sociales capitalistas y, desde dentro del Estado, surge la clase burguesa encargada de hacerlas prosperar.

No pocos pensadores, sin embargo, a la vista del rápido avance del cambio climático y de la desaparición de especies vegetales y animales (se calcula que de estos últimos hay unos 7,7 millones y que el 20% está en peligro de extinción), de lo que da cuenta National Geographic, sostienen que el sistema capitalista sí tiene límites ambientales, muy particularmente la vida en el planeta y, sobre todo, la mitad pobre y humillada de su población.

Está claro que las ominosas guerras que padecemos contribuyen a ello. Teniendo siempre presente la amenaza de un conflicto nuclear que, una vez iniciado, no tiene vuelta atrás. Y con la guerra de Ucrania ese supuesto está planeando, amenazador, sobre nosotros.

La sociedad civil planetaria ha de movilizarse para cambiar drásticamente este escenario. 

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