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Opinión | La Feliz Gobernación

Escuela de trepismo político en el PP

Alberto Núñez Feijóo y Fernando López Miras

Alberto Núñez Feijóo y Fernando López Miras

El apoyo de López Miras a Feijóo («es el líder que necesitan el partido y España», la misma frase con que se refería a Casado unos días antes) no es un favor que López Miras presta a Feijóo, sino un favor que Feijóo otorga a López Miras en un implícito «si no me apoyas, estás muerto; si me apoyas, ya veremos». Esto es así en cualquier juego de tronos. A Feijóo debe sonarle más sincera cualquier adhesión que previamente no fuera incondicional de su antecesor, pues puede deducir que la segunda es obligada; es decir, que busca más la supervivencia del adherido que el respaldo al líder sobrevenido. En cualquier caso, hay que dar este hecho como corriente y al menos admitamos que no se ha producido con exaltación.

Pero en todo hay grados. Admito que estos días he estado muy pendiente de la senadora Violante Tomás, e incluso he encargado a varios corresponsales que me reportaran puntualmente sus tránsitos tuiteros en previsión de que iban a dar de sí y constituirían la hipérbole más desatada del giro obligado que ha exigido la crisis interna. Y, efectivamente, se han producido los resultados previsibles. No he quedado decepcionado.

Tras unas discretas referencias a García Egea y a Casado a modo de despedida, con cordialidad contenida y evitando los excesos tan habituales en el piropeo que recibían de ella cuando conservaban el poder, llegó en primer lugar el reposicionamiento con la consabida foto junto a Feijóo; al parecer, todo el mundo en el PP tiene una. A rey muerto, rey puesto. Pero el desmelene vino inmediatamente después. Atentos a la lectura del siguiente tuit que la senadora dedica a López Miras:

«Solo su madre está más orgullosa que yo de este líder valiente, honesto, decidido, curtido en las más duras batallas; generoso, empático, enamorado de su tierra y de sus gentes; inteligente, intuitivo y con un corazón que no le cabe en el pecho. Él es mi presidente».

Lo he leído media docena de veces, y no salgo de mi asombro, porque esta alabanza incluso supera a las de años anteriores de similar tono dedicadas sucesivamente a Valcárcel y a Pedro Antonio Sánchez, presidentes previos al actual que también fueron regalados con descripciones paralelas, si bien no tan ardorosas, maternales y desbocadas como la que ha merecido López Miras.

Cabe preguntarse si es preciso ser tan alabancioso para trepar en la vida política y si quien recurre a estas retahílas de adjetivos, por lo demás tan convencionales, tiene tan poca confianza en sus propios méritos como para alcanzar este nivel de decibelios en la adoración al líder dando por supuesto que tal gesto tendrá su recompensa. Pero aún así, ¿cómo es posible que la propia inteligencia no sea capaz de apreciar que tanto exceso conduce al ridículo?

La anécdota es divertida, pero también preocupante, pues ante tanto espolvoreo azucarado de quienes están regalados con cargos, tal vez López Miras no tenga oídos para quienes pudieran advertirle sobre que no es inmortal. ¿Vive el presidente en la burbuja en que lo encierran sus aduladores?

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