Da la impresión de que, al margen de cómo se resuelva la crisis, Vladímir Putin ha conseguido su primer propósito: dividir y enfrentar a sus adversarios occidentales, mientras desde Pekín se observa con seguro regodeo el devenir de los acontecimientos, a juzgar por el significativo silencio chino. Las divergencias son tan notables en el bando confrontado al que domina el presidente ruso que dan bastante qué pensar; y constatan que el mundo de la guerra fría no ha quedado definitivamente superado.

Se dice que en Estados Unidos se ha hecho popular el eslogan y la actitud de «antes ruso que (del partido) demócrata», lo que revela cuál es la situación en el lado del Atlántico donde no está Europa. O en la OTAN, por mucho que Biden, Blinken y Stoltenberg se empeñen en imponer su visión a los socios de la Alianza Atlántica. Todos juegan al «si vis pacem para bellum» y el resultado es desolador.

Otro tanto cabe decir de lo que se observa dentro de la UE, con aliados tan fiables en esta cuestión específica como Alemania, presa del suministro masivo de gas ruso. Quizá la llegada de la primavera desactive la por fuerza obligada contemporización de Berlín con lo que pasa en torno a la situación estratégica de Ucrania. En el ínterim, los teutones (y también los transalpinos, embarcados en una incierta elección de nuevo presidente y pensando más en su activo comercio con la Federación heredera de la URSS que en otra cosa) están amarrados al duro banco de la búsqueda de soluciones suaves que, de momento, se revelan imposibles por mucho que una guerra también lo parezca debido a lo que perderían todos los bandos en ella.

Putin juega al ajedrez europeo con piezas marcadas, como las tienen la mayoría de los países bajo el supuesto ‘escudo defensivo’ de la OTAN, atados por sus intereses al otro lado del viejo telón de acero cuya caída ha facilitado la expansión económica y geoestratégica del llamado ‘occidente liberal’ hasta las fronteras rusas. Ese agobio tangible es el que empuja a la nueva nomenclatura autócrata, neoliberal y corrupta que encabeza el antiguo espía del KGB a revolverse como gato panza arriba intentando recuperar su esfera geopolítica de influencia con, por ejemplo, la anexión ilegal hace ya ocho años de Crimea, casi simultánea al inicio de la guerra en el Donbás.

Porque ya hay una guerra en Ucrania ante la que esa entelequia denominada Occidente no supo ni ha sabido hacer nada práctico, salvo alentar el motivo inicial del enfrentamiento aumentando su presencia militar y económica en los países fronterizos de Rusia para llevar el asunto a una situación dizque sin salida, que es la actual.

Las adivinanzas sobre el desenlace se multiplican al tiempo que la división crece, incluso en sitios tan teóricamente alejados de los acontecimientos como pueda ser España. La tibieza, en primera instancia, del PSOE ante el ‘no a la guerra’ de sus socios de gobierno y de mayoría parlamentaria es igualmente fiel reflejo de lo que pasa al otro lado del hemiciclo de las Cortes. El PP intenta ‘por razones de Estado’ desmarcarse de Vox, muy comprometido con la visión neoliberal de Putin y de los republicanos de Trump, para ganar posiciones de cara a las elecciones en Castilla y León de febrero.

El ‘monstruo’ ruso sustituye así en el imaginario político español al fenecido espantajo ‘comunista’. Si este sirvió para anatematizar a la izquierda, el nuevo se usa, siempre desde la derecha, para ahuyentar la tentación extremoderechista, connivente con el ultraísmo económico al oriente del Atlántico norte, pero también con el de los asaltantes del Congreso tan al occidente del Atlántico como está Washington. Desde lejos, Pekín mira. Divertido.