Fui a ver West Side Story con la escopeta cargada. La obra original no se encuentra entre mis debilidades cinematográficas, pero aprecio su grandeza y comprendo que haya sido el referente musical de varias generaciones desde su estreno en 1961. Pese a mi falta de entusiasmo, para mí formaba parte de ese selecto club de películas sagradas que no deben tocarse bajo ningún concepto, muy en la línea de Cantando bajo la lluvia o Melodías de Broadway 1955, dos catedrales indiscutibles de este género. Sin embargo, después de contemplar la última creación de Steven Spielberg reconozco que estaba radicalmente equivocado y todos mis prejuicios se han evaporado. West Side Story necesitaba una nueva mirada más cercana a nuestra época.

Spielberg ha vuelto a demostrar que, además de ser un cineasta extraordinario, conoce como nadie las debilidades de los espectadores. Por eso su versión de West Side Story es tremendamente respetuosa con el clásico de Robert Wise y Jerome Robbins y conserva las principales señas de identidad que la llevaron a la cumbre. De esta manera permanecen, salvo pequeñas variaciones, las composiciones musicales de Leonard Bernstein y esa trama de pandillas que cubren las calles de Nueva York de fuego y coreografías.

Otro de los grandes aciertos de Spielberg es la sutileza de los cambios introducidos. Ahora el peso de la historia recae sobre los puertorriqueños y los diálogos en español tienen una mayor presencia. Así se comprende mejor la confrontación entre las dos culturas, una realidad que sigue latiendo con furia en todos los rincones de Estados Unidos. Para darle un mayor realismo a este conflicto ha sido fundamental la elección de actores de ascendencia latina. Muchos de ellos están a un buen nivel interpretativo y dejan al descubierto las carencias de Natalie Wood y George Chakiris, los hermanos inmigrantes de la primera película. 

Pero lo más destacable de este nuevo West Side Story es la manera en la que está filmada. La cámara se introduce en el alboroto de las coreografías mostrándonos la acción desde dentro. Por momentos desaparecen los planos generales tan característicos de este género y sentimos en primera persona la velocidad y la locura de uno de esos acróbatas callejeros. 

Decía Rodrigo Cortés en un encuentro organizado por Abc que el cine de Spielberg estaba muy cerca de los musicales y no puedo estar más de acuerdo. Su filmografía es la de un hombre que sigue mirando el mundo bajo la ingenuidad de un niño y donde todo sucede a un ritmo trepidante como si se tratase de aquellas producciones felices que salían directamente de Broadway. Además, la música ha jugado siempre un papel protagonista en sus películas. Aquí ha sido fundamental sus colaboraciones con John Williams, uno de los grandes compositores de nuestro tiempo. Por esto no sorprende que Spielberg haya salido victorioso ante ese gigante que era hacer una nueva versión de West Side Story. Todos sus pasos previos, su colección de criaturas fantásticas, parecían conducir a esta nueva maravilla cinematográfica.