Sin tetas, sin abdominales, sin los pómulos de Angelina Jolie o el culo de Kim Kardashian no hay paraíso. Es el nuevo mantra. Es la liturgia de un nuevo culto en la que las fieles se recortan o se añaden para caber en el molde que dictan las redes sociales, la publicidad, los vídeos musicales, las revistas del corazón con sus jóvenes madres, casadas con futbolistas, mocatrices que vuelven a tener cuerpos de ninfas a los tres meses de haber dado a luz. Es el ideal que construye el sistema, un ideal imposible por el que en ocasiones, fanáticos pero sobre todo fanáticas de esta fe, se autoinmolan, dejando la vida en una camilla de operaciones.

Es el caso de Sara Gómez, que ha muerto en un hospital, con veintisiete perforaciones en diferentes órganos, más propias de un ataque con arma blanca que de una operación de estética. Se había puesto en manos de un cuasi médico al que contactó por internet para hacerse una lipoescultura que no necesitaba porque ya le habían advertido otros profesionales de que carecía de grasa que extraer. Pero ella, seguidora fiel de esta nueva religión, perseveró en el ideal y logró contactar con el alter ego del doctor Nick Riviera, un médico sin título, sin experiencia y sin escrúpulos al que no le importó ejecutar la operación imposible.

Ese es el desgraciado final del relato, pero la tragedia se había gestado antes, mucho antes, en la alianza entre patriarcado y capital. El patriarcado dice a las jóvenes que sin tetas no hay paraíso, no hay acceso al núcleo social exitoso, brillante, que te permite salir en televisión y/o tener millones de seguidores y seguidoras en redes, porque ahí reside la felicidad. Y el capitalismo pone a disposición de la feligresía los elementos para llevar a cabo estas operaciones, aunque cuesten la salud o incluso, como en este caso, la vida. Es cuestión de dinero únicamente porque en la web se puede encontrar todo lo demás.

Solo la insatisfacción con el propio cuerpo lleva a una mujer a buscar a un médico por internet cuando ya ha sido advertida de que la operación no era viable; un médico que ha de alquilar a tal efecto un quirófano en una clínica privada. La insatisfacción genera una búsqueda constante, interminable, que lleva aparejado un enorme sufrimiento físico y psíquico. Un camino hacia la supuesta felicidad plagado de dolorosas trampas.

Esa insatisfacción generalizada ha conseguido que las operaciones de estética se hayan disparado entre las personas jóvenes, de las cuales ocho de cada diez son mujeres, según cifras del informe de la Sociedad Española de Estética de 2019. Y esto es así porque las mujeres estamos bajo permanente observación, debemos ser jóvenes y bellas y caber en el ideal de la mirada masculina construido por el patriarcado: delgadas pero con enormes pechos y glúteos, rostro estilizado pero labios de negra, aspecto infantil pero libido de adulta. Nadie nace así, eso solo se consigue fragmentando y reconstruyendo a la mujer, un trabajo propio del doctor Frankenstein. Las clínicas de estética serias denuncian el intrusismo de cualquiera que, con una bata blanca y una jeringuilla de silicona, sea capaz de ponerse al servicio de la clientela. La presión por la imagen hace el resto. Pero estas mismas clínicas también contribuyen al malestar que la persecución de la imagen perfecta genera en las mujeres, porque es ese malestar precisamente el que produce beneficios millonarios en el negocio estético.

Hay malestar en muchísimas mujeres, una inseguridad permanente que les hace entrar en una lucha sin descanso consigo mismas. Jóvenes con inseguridad son carne de cañón en una sociedad que lo ha convertido todo en un puro espejo de feria. Imágenes en la caverna que son más reales que la propia realidad. Las redes sociales han hecho verdad como nunca el mito de la caverna: los selfies y las stories proyectan la imagen de una felicidad recauchutada y perfecta muy lejos de ser real, más cerca de complejos y miserias que de un supuesto paraíso.