El miedo, la incertidumbre , la falta de estímulos, lo entiendo todo. Pero la falta de educación no, tengo intolerancia crónica a las personas de dudosa urbanidad, carentes de civismo. Básicamente porque considero que es el único don con el que contamos para poder convivir. Los que trabajamos cara al público sabemos que, amén de la formación y experiencia, debemos andar bien dotados de características que no contemplan otros oficios: amabilidad, paciencia, buena presencia... Ufff! Demasiadas habilidades sociales las que nos exigen, para que llegue el lumbrera de turno y se permita el lujo de volcar contra nosotros unas formas inadmisibles, carentes de decoro. Ningún sentido tiene mantener un tono correcto si a cambio vas a recibir un portazo a modo de Improperio.

Considero que tengo los trabajos más bonitos del mundo, de esos que ayudan en cuerpo, mente y espíritu a todo el que está cerca; es lo que tiene ser una pieza del puzzle sanitario y encargada de bar donde la música que anima el ambiente depende en gran parte de mi criterio. A pesar de las vicisitudes, todo ha sido casi perfecto si os hablo del trato sanitaria/paciente, hasta que ¡tachannn! he descubierto que hay un mundo paralelo, desconocido hasta hace poco, donde en ocasiones brilla por su ausencia la empatía, el respeto y la solidaridad con los profesionales que cada día pisan un centro de Atención Primaria y lo hacen con la incertidumbre de recibir un contagio porque a según quién, no le apetezca guardar las formas y medidas sanitarias.

Pero lo realmente grave es que más del 70% de la plantilla de un centro de salud cualquiera, un día cualquiera, ocupa su puesto con la certeza de que, aunque se deje los cuernos haciendo bien su trabajo, va a recibir un improperio en forma de violencia verbal (amenazas, insultos, descalificativos) y si se descuida, una agresión física en toda regla. Es escandaloso que la frustración y el hartazgo que se ha instalado en esta sociedad se pague con los profesionales sanitarios que, además de no ser los responsables de la situación, llevamos dos años de incansable lucha contra la pandemia. Y hay días que no podemos más...

«Es terrible, dentro de mí estoy luchando como un animal acorralado, pero nadie me hace caso. Podría pedir ayuda, pero nadie escucha mis gritos, y sin embargo sé que algo debo hacer para poder seguir viviendo así. Ayúdenme, ayúdenme, ayúdenme».

Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971)