En diciembre ya vemos acercarse la Navidad, una época en que nos abrigamos con la piel de cordero de nuestros mejores deseos y con cuantos paños calientes tengamos a mano, porque el horizonte no se nos presenta tan blanco como quisiéramos, sino un poco tiznado, la verdad. La calefacción está por las nubes así que hemos de recurrir a las mantas y, por otro lado, las añoradas fiestas familiares y de amigos ya empiezan a suspenderse ante el temor de la nueva ola de la pandemia, para desesperación de la hostelería y para tristeza de todos, tan necesitados que estamos de abrazos y de buen rollo. Los viajes también penden de un hilo, así que si tienes billetes para visitar a una hija que trabaja en Londres y, de paso, ver algunos museos y galerías, me imagino que estarás de los nervios ante la que se avecina, aunque estés perfectamente vacunado y lleves un certificado covid entre los dientes apretados.

Puede incluso que en tu familia haya gente que se fue definitivamente y ya no puede compartir la mesa con todos vosotros. Todos conocemos gente que, literalmente, odia la Navidad, porque no puede evitar el dolor de la pérdida ni los recuerdos, sobre todo en estos días en que hay tanta inflación de ternura y buenos sentimientos en el ambiente. Todo empeora si a esto le sumas la publicidad, que sería capaz de vendernos un tanque dorado que disparase proyectiles de plata bajo un cielo estrellado, para matar con hermosas explosiones rojas y doradas en el horizonte, siempre en nombre de las consabidas libertades y los diversos patriotismos.

Una página de Arte lleva un mes pidiéndome que les envíe un pequeño vídeo para felicitar la navidad en las redes; me están insistiendo en que sólo falto yo, pero os tengo que confesar que siempre he sido de los que han montado el árbol y el Belén el mismo día de Nochebuena y que no hay nada que más rabia me dé que ver la decoración navideña ya en el mes de octubre en muchos centros comerciales. Es cierto que aún no he llegado al nivel de quienes detestan la navidad o, por diversas razones, son alérgicos a ella, pero eso de adelantarla tanto parece realmente insufrible. Además, en mi caso, tengo que sumar que hace tres años falleció mi padre precisamente en Nochebuena, mientras me tocaba a mí estar de guardia con él. Hay cosas que te marcan y está claro que nuestras mejores navidades son las de la infancia, ese paraíso perdido que recordamos con tal añoranza que siempre es mucho más dulce de lo que fue la realidad.

Con mi padre, de pequeño, me gustaba ir a cortar una rama de pino para montar el árbol, nunca pusimos un abeto ni ningún arbolito entero que pudiera morir en el proceso. A veces la rama incluía unas piñas que yo pintaba y ya servía de decoración. Tal vez por eso me gustan tanto las piñas y los piñones que mi madre me tenía que esconder pues me los comía todos, cosa que ha aprendido mi mujer, que tampoco se fía de mí. Además, me gusta la metáfora de la piña: “estar unidos como una piña”, “estar a partir un piñón”, que expresa nuestros mejores deseos de unión para la pareja, la familia, los equipos de trabajo o los grupos sociales. Sin caer en lo excesivamente almibarado, ni en la hipocresía que detesto, es cierto que se acercan días en los que perdemos el rubor a confesar nuestro lado tierno, cariñoso, tal vez femenino (sin animus molestandi, que decía La Trinca) y creo que la piña es un buen símbolo de lo que podríamos hacer, al menos en estos días, si todos pusiéramos de nuestra parte.

Una tregua por Navidad.

El pasado verano pedí el favor a los políticos de la Región de Murcia, de España y del mundo que nos hicieran el favor de relajarse unos días, de callarse, de ponerse a leer y regalarnos un poco de tregua. No me hicieron caso, como bien sabéis. Ahora que se acercan estos días en los que reivindicamos la paz, la familia, el amor a los nuestros y el amor universal, yo vuelvo a insistir en esa petición de tregua. Fijaos que soy realista y me conformo con poco: No voy a pedir que esta navidad se acaben las guerras, que no haya hambre, ni enfermedad en el mundo. Ni siquiera voy a pedir que en estos días todos tengan alguien querido a su lado, que la cultura sea una prioridad, ni siquiera que acojamos a cuantos vienen buscando una posada donde guarecerse del frío, ni que acojamos a los que huyen de la violencia y la muerte… Todo eso sé que es tarea para largo y que acordarnos de ello sólo en estos días es un poco infantil, cuanto menos, por no decir oportunista, hueco e, incluso, recurso mercantilista para vendernos productos. Por eso pido algo para ya, con urgencia, algo sencillo pero infinitamente necesario: pido una tregua, como aquella de 1914, en la Gran Guerra, cuando los británicos y los alemanes dejaron de matarse para jugar al fútbol o compartir unos cigarros. Tal vez nos pase como a Rchard Meinertzhard, oficial británico, que después confesó que “nos parecía tan raro que hoy tuviéramos que comer con gente a la que ayer intentabas matar que vimos que tal vez todo estaba equivocado”.

En estos días nos acordamos mucho de la magia de Papá Noel, de los Magos de Oriente, o del Niño Jesús (aquél inmigrante que nació en una cueva, entre animales, porque nadie lo quiso acoger), pero no nos acordamos de otros episodios tan repetidos a lo largo de los siglos como aquella historia entre Caín y Abel, que tan bien nos retrata a la humanidad entera. Yo solo aspiro a un momento de descanso en la lucha entre los unos y los otros, a una tregua entre los de dentro y los de fuera, entre los de derechas y los de izquierdas, entre los de un sector del partido y los del otro, entre unos ultras y los otros, entre los modernos y los tradicionalistas, hasta entre los del realismo y los de la abstracción. Llamadme ingenuo, si queréis, pero sólo pido un descanso para, por una vez, compartir unos días sin la sensación de que estamos en mitad de una calle sobre la que llueve el frío y las bombas, mientras los francotiradores disparan a diestro y siniestro.

Al menos por Navidad, se podría encerrar bajo siete candados al peor demonio de todos los tiempos: El monstruo del cuanto peor para todos y peor para mi enemigo, mejor para mis intereses. De Sur a Norte, de Murcia a Madrid, de derecha a izquierda, de un sector a otro dentro de nuestras propias filas… ese es el monstruo que todo lo devora. Cuando salgamos de Navidad ya hablaremos, igual vuelvo a pedir otra tregua, pero ahora nos vendría como Dios para el bien común, incluido el nuestro. De seguir así, con las luchas contra el otro, vamos a acabar con todo lo bueno de todos.