La lengua semeja un viejo mar interior. Atesora vida, praderas de posidonia, naufragios; y mucha, mucha basura. El uso que hacemos de ella puede ser no solo machista, también es clasista o racista hasta la obscenidad. Y hay recovecos que parecen un estercolero. Allí se citan prejuicios y exabruptos de la comunidad que la ha conformado a lo largo de los siglos.

La lengua muta, al igual que quienes la usan. Se adapta a épocas, geografías y gentes diversas. Es reflejo de modas pasajeras y cambios socioculturales profundos. Se autorregula al tiempo que engulle todo lo que le arrojamos. Y a diferencia de nuestro Mar Menor, será difícil que un día colapse. 

Aunque todo a su ritmo, resistiendo tozuda injerencias espurias. 

La justa briega por la visibilidad yerra el foco al apuntar a lo más aparente: el uso genérico del masculino. Una cosa es denunciar usos burdamente sexistas; advertir de un inoportuno «médicos y enfermeras»; o no referirse con un respetuoso «señoras y señores» a un auditorio. Y otra, muy distinta, pretender alterar la estructura gramatical a fin de hacer de nuestro viejo castellano un paraíso de la inclusividad. Eso, «amig@s y amigues», son palabras mayores.

Tanto el exceso de desdobles, del «todos y todas», del «algunes», como el abuso de eufemismos para sortearlos, además de prestarse a la caricatura fácil, hacen aún más insufrible cierta jerga política o burocrática. Se percibe impostado, abstracto, hablar siempre de profesorado o ciudadanía. Profesores o ciudadanos resulta más cercano, más tangible.

Tal vez un día el BOE atienda esos bienintencionados manuales de lenguaje inclusivo. Aunque la lengua, la de verdad, difícilmente lo hará. 

Y es que una lengua es la creación social más democrática que existe. Es de todos y de nadie. Ello no significa un hablante, un voto; siempre hubo variantes de mayor prestigio. Y el idiolecto de un tertuliano de medio pelo contará infinitamente más que el suyo, el mío o lo que opine la propia RAE. Pero aún así, el habla de una celebridad apenas supone un insignificante vertido a orillas del inmenso mar castellano.

Partimos, creo, de una percepción errónea de la naturaleza de la lengua; y de qué es eso del género gramatical. 

Poco sospechaba Dionisio de Tracia el entuerto que generaría al redactar en torno al año 100 a. C la primera descripción gramatical del griego. El tracio, héroe y villano, cometió dos temerarias imprudencias. La primera, llamar género (γένος) a uno de los accidentes del nombre. Cierto que era difícil imaginar que un concepto que solo indicaba tipo, categoría, clase, acabaría dos mil años después significando también construcción sociocultural a partir de la identidad sexual. Tal prodigio ocurrió tras la difusión en los ochenta de los llamados estudios de género. El diccionario de la RAE así lo recogió en 2005.

Su segunda e imperdonable imprudencia fue adjetivarlo masculino, femenino y neutro. Las gramáticas posteriores, incluida la de Nebrija, sencillamente reprodujeron los conceptos del tracio. Si el bueno de don Dionisio hubiera barruntado la bomba con detonador en diferido que legaba al siglo XXI, quizás hubiese tenido la deferencia de llamarlos Juanito, Jaimito y Jorgito; toda vez que solo una mínima parte de los nombres se refieren a entidades sexuadas. El que las palabras asuman un paradigma gramatical u otro es en gran medida arbitrario. E incluso para la gran mayoría de seres sexuados, la lengua es indiferente en su asignación de género. Un ratón, una mofeta pueden ser machos o hembras.

Pensemos, además, que apenas una tercera parte de las lenguas que en el mundo son distinguen marcas de género gramatical. Y sólo una quinta lo hacen en el sustantivo; muchas sólo en los pronombres de tercera persona. Entre esta minoría de lenguas que distinguen categorías, clases, géneros de sustantivos, no todas lo hacen en torno a la distinción masculino/femenino. Parece ser que la marca de género más antigua en los nombres discrimina animado/inanimado. Algunas lenguas distinguen las categorías humano/no humano. En inglés, la distinción gramaticalmente relevante es contable/incontable.

Las lenguas romances (español, francés, etc.) parten de la distinción latina de tres géneros. La evolución fonética confundió las flexiones de masculino y neutro; y el primero asumió la función de elemento no marcado. De ahí, su uso como genérico. Hay lenguas, muy pocas, en que es el femenino el término genérico. 

Es endiabladamente sorprendente que las principales lenguas iranias: el farsi y el dari, las de ayatolás y talibanes, no hagan distinción de género en los sustantivos. Tampoco el chino, ni la mayoría de lenguas asiáticas, amerindias y africanas. Difícil, pues, sostener que la invisibilidad gramatical que sufrimos sea fruto de una mayor represión patriarcal en la meseta ibérica que en las montañas persas o afganas.

Podemos culpar al patriarcado de múltiples desmanes culturales; pero de este desaguisado genérico no hallo más responsable que a un gramático tracio y a los caprichos evolutivos de la lengua.