Sí, siete letras que han vuelto a poner los pelos de punta a la comunidad internacional a cuenta del coronavirus. Una variante, dicen, hecha a base de un cóctel de mutaciones que por lo visto es mucho más contagiosa que la actual y que genera dudas sobre su capacidad para eludir las defensas de las vacunas.

A Ómicron, la decimoquinta letra del alfabeto griego, se le localizó a un vecino de Botsuana, en Sudáfrica, una zona de apenas tres millones de habitantes dispersos en una superficie mayor que la península ibérica con un índice de vacunación del 40%. Y cuidado, que puede presumir de inmunidad porque si viajamos al centro y Este del continente nos encontramos con que la pauta completa no llegan a cubrir ni al 2,5% de sus pobladores.

Congo, Uganda, Ruanda, Costa de Marfil o Nigeria (con sus 210 millones de habitantes) en cuyas áreas selváticas aparece y desaparece tras un reguero de muertos el enigmático virus del ébola, no llegan siquiera a ese raquítico porcentaje.

Ese es el gran error del mundo desarrollado en esta lucha contra el patógeno. Cuando la vacuna se reveló como el único instrumento capaz de detener la pandemia fueron unánimes las voces de los científicos pidiendo a los países ricos que extendieran el remedio a los de menos recursos.

El riesgo, nos decían, es que el coronavirus seguiría su dinámica de mutaciones, mientras no se inmunizara al planeta, animado por la multiplicación de contagios por millones hasta que una modificación genética pudiera amenazar las defensas de las vacunas. 

La globalización haría el resto como ha ocurrido con la variante Delta surgida en India en octubre de 2020 y hegemónica en apenas cinco meses. 

De poco sirve cerrar aeropuertos a países donde se localizaron los primeros casos. En apenas horas, supimos que lo que se había localizado en el Sur de África ya ha dejado casos en una docena de países, entre ellos Suiza, Holanda, Alemania o Francia. A las Bolsas les entró el pánico el viernes, cayó en picado el petróleo y la OMS se reunió de urgencia. 

Mientras en el hemisferio Norte vamos por la tercera dosis y vacunando a niños de cinco años sin una certeza absoluta de que sea necesario, esa misma parte del planeta desarrollado sigue siendo tacaña con el programa Covax de la ONU para facilitar el acceso a las vacunas en los países pobres.

Esperemos que Ómicron no nos haga lamentarlo.