Si bien la lucha de las mujeres por sus derechos ha sido una realidad en China, ésta siempre ha estado bajo los auspicios de la lucha nacionalista en primer lugar y posteriormente en el seno del Partido Comunista con el amparo de la Federación de Mujeres, pero el movimiento feminista de corte autónomo que se ha desarrollado en el país en estos últimos años, ha estado siempre controlado férreamente por las autoridades, dificultando sobremanera la lucha por la liberación de las mujeres fuera de las estructuras del Partido, cuya argumentación es que dicho movimiento conlleva una violación sistemática de las leyes que rigen al país. 

Con el argumento de que habían publicado «contenido relacionado con la lucha feminista», Weibo, el Twitter chino, censuraba Voz Feminista, una popular página digital centrada en los derechos de las mujeres. Su delito aparente, había sido el de haber reproducido un artículo de The Guardian sobre la huelga feminista, que se convocó el año 2019 para el 8 de marzo a nivel global. Este hecho muestra la difícil existencia del movimiento feminista chino, aún muy minoritario, y la lucha por la equiparación de derechos de las mujeres, en un país donde el Gobierno ejerce un control cada vez mayor sobre las actividades de la sociedad civil. 

Xiong Jing, editora de la página Voz Feminista se lamenta de la censura impuesta por el Gobierno al movimiento feminista en general y en especial a su publicación. El movimiento feminista chino, que se ha visto forzado a no celebrar ninguna actividad, al menos se podía expresar por internet, cosa que ahora tampoco le es permitido a causa de dicha censura.

El mayor intento de eliminar a las líderes del movimiento feminista llegó en 2015 con la detención, durante un mes, de cinco jóvenes feministas: Li Maizi, Wu Rongrong, Zheng Churan, Wei Tingting y Wang Man. Hasta entonces, las cinco habían llevado a cabo campañas simples, pero muy efectivas, para reclamar un trato igualitario: como el sentarse en los baños públicos para reclamar más urinarios hasta desfiles en vestidos de novia ensangrentados para protestar contra la violencia en el seno del hogar. 

En 2015, inmediatamente antes de su detención, planeaban repartir durante el 8 de marzo de ese mismo año pegatinas contra los toqueteos en los transportes públicos. La detención de las cinco feministas, que suscitó protestas internacionales, supuso un jarro de agua fría para el movimiento y para sus protagonistas, que desde entonces se han mantenido en un segundo plano. Manifestaciones como las celebradas en España o en otros lugares del mundo occidental son impensables hoy día en China, aunque las activistas no han perdido el entusiasmo ni la convicción. 

Teresa Xu, que junto a Li Maizi, su entonces pareja, protagonizó en 2015 una ceremonia informal de boda para reclamar la legalización del matrimonio homosexual, afirma: «Me sorprende que no todas las mujeres sean feministas» y pone como ejemplo su propia historia: «Crecí viendo mucha discriminación. Mis abuelos preferían a los chicos en lugar de las niñas, al igual que los profesores en la escuela secundaria. No importaba cuánto se esforzaba una chica, los maestros siempre opinaban que los varones lo hacían mejor y sacaban mejores notas». Con respecto a la prostitución, la escritora y comentarista social Zhang Lijia, autora de la novela Lotus sobre el mundo de la prostitución en China, afirma que: «el mercado no ha tratado bien a las mujeres». 

En efecto, la llegada masiva de mujeres del campo a las ciudades a partir de los años 80 ha convertido a China un país en donde el aumento de la prostitución ha sido muy importante. De igual manera, la discriminación de las mujeres en lo que respecta al salario es un hecho que también conocemos en Occidente. Según datos de 2010, en las ciudades el salario de las mujeres representa el 67,3% del de los varones. En el campo, esa cifra se reduce al 56%. La brecha salarial es también muy importante entre las jóvenes universitarias. Ellas tienen más problemas que sus compañeros varones para encontrar empleo. A la hora de las promociones, las compañías siguen primando a los hombres. Según una encuesta publicada últimamente en los medios chinos, el 80% de las mujeres trabajadoras piensan que sufren discriminación en sus empresas. Tan solo el 28% de las encuestadas tiene como jefa a una mujer. Y esto es sumamente importante, ya que la participación laboral femenina ronda el 70%. A pesar de esta situación de discriminación, existen muchas mujeres que son profesionales de éxito, hasta el punto de que China es el país con más mujeres que tienen una fortuna superior a los mil millones de dólares. 

En el terreno político la situación es aún peor: apenas dos mujeres figuran en el Politburó, el segundo nivel de mando dentro del Partido Comunista, y en el Comité Permanente nunca ha habido ninguna. Los cambios efectivos y fundamentales que se han producido en la historia de China con respecto a las mujeres no han hecho desaparecer en la sociedad la mentalidad confuciana, que dicta que es el varón el cabeza de familia, quien debe ocuparse de sus padres y quien transmite la línea familiar. «Aún queda mucho por delante en lo que respecta a la igualdad», sostiene Zhang.

Toda esta serie de discriminaciones, son hechos que no pasan desapercibidos a las mujeres chinas de hoy, lo que ha generado una creciente concienciación, especialmente entre las generaciones más jóvenes y urbanas. Pero la palabra feminismo aún acarrea un cierto estigma social en la población china. Es frecuente que las propias mujeres se declaren partidarias de la igualdad de derechos, pero rechacen definirse como ‘feministas’. «El término feminista aún conlleva una connotación negativa. Mucha gente tiene aún la idea, quizá difundida por los medios de comunicación, que ser feminista es ser agresiva e ir buscando pelea», explica Feng Yuan, veterana activista de los derechos de la mujer. 

Pero lo cierto es que las feministas combaten situaciones que han ido calando en la gente como la discriminación laboral, el acoso sexual en lugares públicos o en el lugar de trabajo, así como la violencia de género, que es considerada como una lacra que afecta a una de cada cuatro mujeres casadas en China. «Esto es algo», afirma Feng Yuan, y puede servir de plataforma al movimiento para «hacer que colabore más gente». Según esta misma activista: «Ahora que mucha más gente se ha incorporado a la lucha, el feminismo se ha convertido en un asunto candente. Creo que no importa que el Gobierno intente controlar el movimiento; aquellas que ya han adquirido concienciación no darán un paso atrás», apunta por su parte Xiong. 

En efecto, la lucha por sus derechos de las mujeres chinas no ha hecho más que empezar como movimiento fuera del Partido Comunista. Esperemos que la represión contra ellas deje paso a su dignidad como mujeres. En este sentido, China camina irremediablemente hacia la liberación de las mujeres de su propio país.