Opinión | Plaza pública

Gloria Moya

La maldición de la cita previa

Es inadmisible que en estos momentos en los que casi todo está funcionando a pleno rendimiento, con las debidas precauciones, claro, como colegios, institutos, profesores y alumnos en primera línea, bomberos, Policía Local, Nacional, sanitarios, restaurantes, locales de ocio, comercios, bares, hospitales, etc. haya un estamento que no se ha enterado aún: los funcionarios del Estado, de la CARM, de los Ayuntamientos, Catastro, Muface, Gerencia de Justicia de Murcia, Ventanilla Única en Cartagena (calle Campos), y me refiero a aquellos negociados a los que por necesidad he tenido que acudir a algunos, y he podido comprobar su ‘funcionamiento’ in situ, aunque es prácticamente imposible ver a alguno de estos funcionarios en persona (pareciera que se han convertido en especie protegida y no se les encuentra). Aunque mejor que ‘funcionamiento’ se podría decir más acertadamente que eso se ha convertido en un ‘verlas pasar’.

Voy a poner algunos ejemplos que dan muestra de esto. Podía empezar por Muface, porque se nos tiene ‘prohibida’ la entrada a la oficina a funcionarios y jubilados mutualistas. Todo va con cita previa, o mandando correos certificados por nuestra parte, lo que implica gasto y tardanza en la gestión.

Y voy a seguir con la Gerencia de Justicia de Murcia, en calle Santa Catalina. No se dignan ni a hablar por teléfono con el ciudadano, lo remiten a una página para pedir, cómo no, cita previa, sin ningún comprobante o clave de cita. Los humildes y sufridos ciudadanos, pasamos por el aro una vez más, y se pide la cita. Y uno se desplaza hasta allí, desde otra ciudad, como es mi caso, con 74 años y con problemas de corazón y de pulmón, y con la inocente esperanza de que saldría de allí con la gestión hecha…Pues llego, y el primer choque con la realidad es que te atiende una persona de una empresa de seguridad, pero ¡ojo! en la calle. Dentro se ve una escalera de unos doce o más escalones, con inclinación de 45 grados, coronada por una especie de garita-papamóvil, en donde se ve a alguien con pantalón negro y camisa blanca, que deduzco que es un conserje, quien, impasible, mira hacia abajo.

Y abajo, en la calle, cinco personas más el de seguridad, que hace las veces de funcionario, pero no lo es, y sujeta una lista con los nombres de los citados para el día. Como por mis problemas no puedo estar de pie, se lo digo y me permite sentarme en una silla que hay dentro. Cuando me llega el turno, me dice que mi nombre no está y que me vaya, porque no me deja entrar. Le indico que me gustaría hablar con el jefe; me dice que suba al tercer piso, y le respondo que sin ascensor me es imposible. Sube él a la garita, dice algo, y al poco, aparece lo que es un funcionario en carne mortal, pero con el agrado de una boa constrictor antes de atacar, y me dice que no puedo hacer la gestión porque no estoy en la lista. Le replico que será un error, pero que sólo he hecho el viaje para eso: entonces me dice que le enseñe la acreditación de la cita, y le digo que no aparecía ninguna clave para poder apuntarla y que el mensaje de confirmación está en el ordenador, y que si pudiera solucionarme el problema, sería estupendo. Me dice, palabras textuales: «Yo no estoy aquí para solucionar problemas», y le indico que se equivoca, que aparte de cobrar, está para colaborar con el ciudadano. Le pido que me dé un impreso para exponer una queja y que la pase por el registro, y el odio con el que me mira, deja como a un angelote, a un ‘jemer rojo’. Me dice: «Quién se cree que es para decirme cómo hacer mi trabajo»…

Sube a por el impreso, me lo da, y se va, diciéndome que él es el jefe. Me apoyo para rellenarlo en la mesita que tengo delante (sigo sentada, en la puerta), y empiezo a escribir. Y el de seguridad, solidario con el jefe, me dice que me vaya, que es su mesa, que lo rellene en la calle, le digo que no, y sigo escribiendo, y me dice, «a ver si la voy a tener que echar de aquí», a lo que le respondo: «A ver si tengo que llamar a la Guardia Civil», y santas palabras; me dejó en paz. Los funcionarios, invisibles, en lo alto (piso tercero), y a las órdenes de otro que lo que merecería es estar pegando sellos en un sótano sin luz…

Acabo, después de esta lamentable anécdota, con una petición a distintos colectivos como sindicatos, obispado, ministros de España, consejeros de la Comunidad autónoma de Murcia, delegado del Gobierno, CARM, que cesen de forma inmediata las rogativas que seguro que muchos funcionarios hacen para que no acabe la pandemia, porque han encontrado en el ‘dolce farniente’ una extraordinaria forma de hacer carrera.

Se enfadarán por mis palabras. De acuerdo. Yo estoy mucho más enfadada que ellos, y por lo que oigo, mucha gente también lo está. Esta trágica pandemia no puede ‘aprovecharse’ para ralentizar un país, porque el resto de funcionarios de otros servicios que ya he nombrado’ sienten esta situación como un guantazo constante, ya que ellos están haciendo su trabajo de siempre y como siempre (con las debidas cautelas). Y quedando en evidencia que, mientras unos cumplen, otros holgazanean, o así lo parece.

También me consta que hay muchísimos funcionarios excelentes, eficientes y amables. Y a costa del erario público, oiga. Los excelentes y los otros.