Las izquierdas democráticas llegan al poder con programas realistas (no siempre). Luego topan con serias dificultades para gobernar. Lógico, porque la democracia es un régimen con contrapesos. Y a veces también es fruto de su cierta falta de racionalidad.

Los demócratas han perdido las elecciones de Virginia y han ganado justito las de Nueva Jersey. Al año de su elección no es un buen presagio para Biden porque indica que en 2022 puede perder su muy estrecha mayoría en el Senado y la Cámara de Representantes.

La culpa no es de los republicanos, sino del propio Biden que (tras haber aprobado su inicial paquete de apoyos económicos) prometió otros dos: uno de infraestructuras de 1,5 billones, que ya ha pactado con un grupo de republicanos, y otro más social, de nada menos que 3,5 billones. Pero los demócratas progresistas no quieren votar en la Cámara el proyecto de infraestructuras hasta que antes se vote el social. Y dos senadores demócratas ponen reparos al social de 3,5 billones. Biden ya lo ha rebajado, pero los dos senadores siguen reacios. ¿Por qué lanzó un programa tan ambicioso sin tener seguros los apoyos? Cuesta creer que un político de su recorrido haya pecado de ligereza, pero ¿hay otra explicación?

El Gobierno socialista portugués de António Costa, que gobierna desde 2015 con apoyo externo de dos partidos más a la izquierda, fue el modelo de Pedro Sánchez, impresionó a Europa y generó interés en el empresariado español. Pero ahora sus Presupuestos de 2022 han sido tumbados por sus aliados de izquierdas y se han convocado nuevas elecciones para el 30 de enero.

Salvo milagro, los dos partidos a su izquierda no ganarán votos (más bien los perderán), y tampoco es fácil que el PSP logre los ocho diputados que le faltan para la mayoría absoluta si no moviliza mucho a su electorado.

¿Qué ganarán los que han tumbado el Presupuesto? Nada, salvo quizás hacer entrar a Portugal en una etapa de inestabilidad porque tampoco parece que la derecha (dividida) pueda ganar. Una falta de racionalidad de la izquierda, a la izquierda del PSP que, no obstante, es más comprensible que la de Biden.

Pedro Sánchez debe tomar nota. Ahí está aquello de «cuando las barbas de tu vecino veas pelar…». Pero Podemos no quiere derribarle (al menos por ahora) sino solo crucificarle con la reforma laboral. Y es cierto que él, con su discurso bipolar (un día habla de derogar la reforma de Rajoy y otro de modernizar el mercado laboral) tampoco es coherente. Y pese al aparente armisticio de esta semana entre las dos vicepresidentas, el conflicto sigue vivo. Europa, lo ha recordado Calviño) condiciona 12.000 millones del plan de regeneración (y hasta los siguientes 140.000) a que no se dé marcha atrás en la flexibilidad de la economía. Mucha brujería debería tener Sánchez para poner de acuerdo a los sindicatos, a Podemos y a su vicepresidenta económica que sabe que, sin aval empresarial, Bruselas y otros países de la UE harán algo más que torcer el gesto. Y los empresarios (Garamendi lo ha repetido) se quejan, no sin razón, de que el Gobierno lleva más de un año mareando la perdiz. Sánchez no quiere admitir (no es no) que la prometida derogación con mayúsculas no solo sería inconveniente, sino que Europa no la aceptaría.

Pero Sánchez ha tenido mejor semana que la anterior. No solo por las nuevas guerras internas del PP. El jueves el Congreso rechazó las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos por 188 a 156 votos. Parece, pues, que los Presupuestos tendrán luz verde y que tendrá así pista para acabar la legislatura.

Y ha habido torna. Los datos de empleo de octubre y del tercer trimestre han sido buenos y (junto al aumento de la recaudación fiscal del 14%) no casan con los modestos aumentos del PIB avanzados por el INE para el segundo y el tercer trimestre. Y aunque la contradicción es difícil de entender, el empleo es siempre el dato que más impresiona.

A Sánchez le espera mucho calvario con los sindicatos, con sus vicepresidentas, con Garamendi y con Bruselas. Ha dejado manos libres a Yolanda Díaz durante demasiados meses.

Pero está ganando la batalla de los Presupuestos y los datos de empleo le reconfortan. Ha tenido mejor semana que Biden y António Costa.