Reconozco que siento una insana fascinación por el excomisario Villarejo, ese personaje que se pasa treinta años ejerciendo la fontanería en el subsuelo, oculto a todas las miradas, y al que, de repente, el periodista Javier Ayuso -que fue jefe de comunicación del BBVA y de la Casa Real- saca a la superficie en El País. Ayuso airea que Villarejo compaginaba su condición de funcionario policial con la titularidad de doce sociedades con un patrimonio superior a los dieciséis millones de euros en 2015. El expolicía, ahora empezamos a saberlo, mejor que cualquier agente doble o triple de la ficción, ha estado presente en oscuros asuntos de espionaje entre empresas del Ibex 35; en la trama de la policía política, en el turbio asunto del compiyogui de la reina Letizia con la doctora Pinto; en el supuesto acoso del CNI a Corinna Larsen, y así hasta un total de más de quince causas abiertas en sede judicial. Villarejo, además de en los juzgados, últimamente comparece en comisiones de investigación en el Congreso y pone de manifiesto la incompetencia e indolencia de distinguidos parlamentarios. Gonzalo Pontón acaba de publicar España, historia de todos nosotros desde el paleolítico hasta el coronavirus donde sostiene que «hemos sufrido las clases dirigentes más corruptas, reaccionarias e incompetentes de toda Europa». Desde el paleolítico, no. Pero desde que Villarejo ingresó en la policía en 1972 hasta ayer mismo, recorrer su quehacer nos puede dar una clave de lo corruptas e incompetentes que han sido las clases dirigentes -políticas y empresariales- de nuestro país.