Murcia es el séptimo municipio de España en población, pero hay un ranking en el que está aún más arriba: el de la contaminación que avanza al galope sin que los sucesivos gobiernos de la Glorieta hayan podido controlar este caballo que lleva camino de desbocarse y convertirse en un problema endémico.

El principal problema viene derivado del tráfico de vehículos de combustión fósil (sin menospreciar el de las quemas descontroladas e ilegales de restos de poda), que cada vez ahoga con más ímpetu los accesos a la ciudad, las pedanías, las autovías y hasta las calles secundarias y carriles de huerta invadidos por coches privados en los que como mucho van dos pasajeros sin que se amortice el espacio que da un turismo de cinco plazas.

En ese hecho tienen también responsabilidad los ciudadanos que han hecho que fracase y se vaya a la deriva uno de los programas que más éxito ha tenido en otros lugares como el compartir coche y el utilizar otros medios de transporte alternativo. Nada que no se sepa ya sobre la fascinación que sienten los murcianos por la automoción y por los coches de alta gama, en los que da pavor mirar sus bajos con sendos tubos de escape exhalando muerte.

Y no es solo una metáfora. Según datos del Instituto Carlos III en España se producen 10.000 muertes al año por contaminación atmosférica y la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica ya ha alertado de que el 35% de la población respira aire contaminado. Frente a esto, los gobiernos de la Glorieta (no hablemos ya de los de San Esteban) han intentado tímidas medidas que ni siquiera han servicio un ápice para mejorar la calidad del aire, cuyos indicadores están siempre en los parámetros más elevados teniendo en cuenta además que pueden estar falseados porque los aparatos no tienen la calibración adecuada y no funcionan de manera satisfactoria a la hora de medir, un detalle que han denunciado en distintas ocasiones los grupos ecologistas.

Frente a este panorama, el actual Gobierno local cortó ayer domingo durante cuatro horas la Gran Vía para acostumbrar a los ciudadanos a transitar sin el coche y a disfrutar de los espacios de la ciudad. Es decir, devolver las calles a sus ciudadanos. Una iniciativa que se queda escasa ante tamaño problema y ante las demandas que el ahora alcalde, José Antonio Serrano, hacía cuando estaba en la oposición sobre la ‘ineficacia’ del protocolo de contaminación de Murcia y la necesidad de establecer incentivos para el uso del transporte público.

Dejar el coche en el garaje es una de las alternativas que permitiría sanear el aire pero, tal y como reconoció el alcalde en su cita de Sevilla la semana pasada el municipio tiene el peor transporte público de España. El drama es que la cosa no parece que tienda a mejorar. Dentro de mes y medio el Ayuntamiento asumirá las líneas que son competencia de la Comunidad Autónoma y nadie conoce cómo se hará ese traspaso.

Dejando al margen el asunto monetario, no se sabe si se hará un nuevo concurso y si se está ya trabajando en un pliego de condiciones que permita dar el espaldarazo que necesita ese servicio para ser un sustitutivo del coche privado. Tampoco se ha avanzado mucho en las medidas contenidas en la Estrategia de Mitigación del Cambio Climático del Municipio 2030, tras la firma hace años del pacto de alcaldes promovido por la Unión Europea, que contemplaba una batería de actuaciones muy potentes como la penalización por el uso del coche privado, la sustitución de buses por vehículos de pasajeros híbridos y eléctricos, una mayor presencia del tranvía en la ciudad, un aumento de los trenes de cercanías, gratuidad del transporte público a menores de edad, desarrollo de planes de movilidad de empresas para centros en los que haya mucho tránsito de personas, creación de plataformas de intercambio modal (autobús, tranvía, tren) , etc.

Un ambicioso plan para un Ayuntamiento que hasta ahora solo se ha atrevido a cortar cuatro horas la Gran Vía. Parece que la estrategia elaborada se quedará en la esfera de la ciencia ficción mientras que Murcia seguirá siendo un municipio tóxico. Por nadie pase.