Abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Os aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

La insistencia de Jesús en la necesidad de ser como niños o, incluso, nacer de nuevo, para aceptar en plenitud la nueva forma de entender las relaciones sociales y los vínculos con Dios es, probablemente, una de las claves de interpretación teológica de las primeras comunidades. En el Evangelio de Marcos lo vemos con absoluta nitidez, pues el tema de los niños vuelve una y otra vez y siempre en un contexto de instrucción comunitaria. En esta ocasión va justo tras el tan mal comprendido tema del divorcio. En realidad, en el texto de Marcos no se habla solo del divorcio, el término exacto que utilizan los fariseos para interrogar a Jesús es ‘expulsar’: «¿está permitido al varón expulsar a su mujer?». Es interesante hacer notar cómo no hay casuística, se trata de una afirmación absoluta sobre si el varón puede o no expulsar a su mujer, sabiendo las consecuencias que esto tiene para ella; si no dispone de ningún otro varón que la acoja, sea padre, hermano u otro familiar, lo más probable es que quede en situación precaria que la empuje a la mendicidad o la prostitución.

Como siempre, en las diatribas, Jesús toma un camino interpretativo de relativización de la norma, de un lado, y de jerarquización de las verdades de la Escritura de otro. Lo primero que hace Jesús es relativizar la norma: «os lo concedió Moisés por la dureza de vuestro corazón». Los principios están claros, pero éstos se adaptan a las circunstancias.

Puesto que Moisés sabía que los varones sois unos duros de corazón, os dio permiso para expulsar a vuestras esposas. Ahora bien, y aquí viene el segundo momento, el principio general es muy anterior y parte del mismo Dios que creó al hombre como varón y mujer, de modo que fueran una sola carne. Este término, carne, es central en la antropología semita. Su significado no queda reducido a la mera sustancia material que compone al ser humano. En realidad se trata de lo que nos permite ser y existir vinculados al mundo material y en el ámbito social. La voluntad de Dios es que dos personas estén tan unidas que funcionan como una sola. Esa voluntad no puede ser destruida, Dios lo ha unido y el varón no puede separarlo por apetencias propias. No está permitido al varón expulsar a su mujer.

De este modo, Jesús rompe la columna de apoyo del patriarcado: la sumisión de la mujer al varón; ella también tiene derechos. Al final del texto, se da un giro comunitario muy valioso, pues también se indica que la mujer tampoco puede despedir al varón, cosa que en la legislación judía no estaba contemplado, solo el varón podía divorciarse. Se está indicando, de forma indirecta, que los derechos son recíprocos y que, por tanto, la mujer y el varón tienen las mismas responsabilidades en la vida matrimonial y comunitaria. Son dos, pero funcionan como uno solo.

El colofón del episodio que comentamos es la acogida de los niños. Los discípulos pretenden alejar a los niños que acercan a Jesús, pero este les reprende. Es necesario ser como un niño para aceptar el sentido profundo de esta revolución social que es el Reino de Dios. Solo quienes reciban el Reino como los niños, podrán acceder a él. Si el tema del divorcio versaba sobre la expulsión de las mujeres, el tema de los niños versa sobre la recepción del Reino. Los varones pretenden expulsar a las mujeres para afirmar su dominio social; Jesús pide que reciban el Reino como lo reciben los niños, con absoluta confianza, sin buscar su propio interés, como un servicio, casi como un juego. Solo así, el mundo podrá cambiar realmente. Siendo como niños volvemos a ser capaces de recrear el mundo y hacerlo verdaderamente humano.