Tener el mayor paro de la OCDE (una organización global que agrupa a 38 países, la mayoría desarrollados) ya forma parte de nuestra idiosincrasia, como la paella, la siesta o los toros. Nos hemos acostumbrado a ello y no nos reconoceríamos a nosotros mismos si nos levantáramos un día con un paro de nivel medio europeo, la mitad que el nuestro, y ni te digo con el paro media de países como Estados Unidos o Reino Unido, que son la mitad de la media europea. Tanta resignación ante el hecho consumado significa que el sistema laboral español, esclerótico desde los tiempos del franquismo, les debe compensar a aquellos que podrían cambiar la cosas, básicamente a la izquierda, cuyos principales sindicatos soportan a los partidos en el poder, alterando permanentemente el balance de poder en nuestro país.

Ahora parece que los ERTE los haya inventado este Gobierno, cuando llevan presentes en el Estatuto de los Trabajadores desde su aprobación en 1980. Incluso Zapatero los facilitó tímidamente con la Gran Recesión y el Gobierno Rajoy los reforzó considerablemente, como parte de la reforma laboral que tantos millones de puestos de trabajo contribuyó a crear y que ahora se va a deshacer. Esta vez, los ERTE se han empleado sin restricciones y masivamente, como sucedió en Alemania en la Gran Recesión y ahora se han extendido por toda la Unión Europea y Reino Unido. A partir de esta experiencia de éxito, todos deberíamos recobrar la esperanza en que, con las medidas adecuadas y atacando los problemas de fondo, nuestro país podría dejar de ser el primero de la lista en las cifras de paro.

Para empezar, los responsables del lamentable statu quo actual deberían ser conscientes del origen del problema. Y el principal problema es que gravar los salarios con casi un 50% de impuestos, a satisfacer por el pagano habitual, el empresario que contrata. Esa es la mejor forma de disuadir a éstos de ampliar plantilla en sus empresas. El dicho clásico en economía predice, de forma bastante intuitiva, que «tendrás más de lo que subvencionas» y «tendrás menos de lo que graves». No niego que los impuestos deben salir de alguna parte, pero hacer que el empresario pague ese nivel de impuesto sobre el empleo antes de beneficios no parece que sea una buena técnica para crearlo. Los impuestos más sensatos son los que gravan prácticas nocivas, como el fumar o beber alcohol, precisamente para disuadir de su consumo. Por otra parte, nuestro impuesto sobre el trabajo va en su gran mayoría a dotar el paro más generoso de la OCDE, obviando los efectos perversos de un sistema que financia un año sin trabajar al empleado por cada tres cotizados, si el empresario decide despedirlo.

¿Cuántas veces hemos oído eso de «estos primeros meses de desempleo me los voy a tomar como unas vacaciones»? Hablo de efecto perverso, porque está sobradamente demostrado que las habilidades y la predisposición al esfuerzo de una persona declinan espectacularmente cuando lleva un período largo sin trabajar. Unas prestaciones de desempleo tan generosas disuaden de una búsqueda activa de trabajo y arruinan las capacidades futuras del trabajador. Ese dinero del paro estaría mejor empleado en ayudas a los inempleables y en partidas sociales que no primen el estar parado y vivir un largo período a la sopa boba. Por lo que afirman los expertos, tan malo es un paro demasiado corto, porque fuerza al desempleado a aceptar un empleo menos cualificado para sobrevivir, que un paro demasiado largo por las razones antedichas.

También son una lacra del sistema laboral español las indemnizaciones astronómicas que arruinan y cierran empresas cuando ocurren crisis financieras o inmobiliarias, que en España vuelven con tanta certeza como los anuncios de El Almendro en Navidad. De momento, al trabajador le toca la lotería, aunque a las empresas les quite el aliento en el momento en el que más necesitan respirar para sobrevivir. Ahí también hay una solución, que se conoce como la ‘mochila austríaca’, que beneficia al trabajador, no elimina las contribuciones del empresario, pero no supone un hachazo para éste en el peor momento para la empresa.

Entre todas la mataron y ella sola se murió. La astronómica cifra de paro a la que nos hemos acostumbrado es fruto de intereses creados a los que no quieren renunciar los ‘stakeholders’ de nuestro ecosistema laboral. Da miedo perder derechos, pero un mercado laboral más abierto y, diría, ‘más ingenioso’, reaviva las expectativas de encontrar trabajo si un empleado se queda en paro. En el caso español, un trabajador no quiere cambiar de trabajo porque pierde su derecho a la indemnización, y un empresario no prescinde de un trabajador ineficiente porque no quiere o no puede pagar la indemnización.

Este sistema de relaciones laborales basadas en miedos y expectativas forzadas por la normativa vigente provoca ineficiencias y disfuncionalidades en un mercado que debiera ser mucho más fluido y reflejar los intereses reales de los intervinientes. Solo hay que mirar a los países con menos paro y darse cuenta de que, cuanto más se parece el mercado laboral a un mercado libre, menor paro produce y más elevadas son las rentas del trabajo

Con un poco de iniciativa y mucha voluntad política se pueden arbitrar soluciones en la línea de la flexiseguridad que contenten a todos, o más bien que no contenten a nadie, que es una señal inequívoca de que el acuerdo es equilibrado.

Otro ejemplo de que sí se puede, si se quiere, es el tema del salario mínimo. En los sistemas anglosajones existe un artilugio fiscal llamado ‘tax credit’, una especie de impuesto sobre la renta a la inversa, que el Estado paga a los que no superan una cierta cantidad de ingresos directamente en su nómina. La filosofía al final es la misma que en los ERTE o, por la misma razón, los ICO: el Estado respalda y financia en ciertas situaciones concretas, evitando así que las empresas desaparezcan o teman crear empleo. Simplemente hay que dejar que los rentas se produzcan para recaudar impuestos directos e impuestos indirectos al consumo después. Una empresa cerrada, o un trabajador desempleado no podrán pagar ni lo uno ni lo otro.