Me entero, con sorpresa, del caso de un menor de Castellón que se ha sometido a un proceso de desintoxicación para curarse de la adicción que le dominaba. Por lo visto, el muchacho consumía hasta 18 o 20 horas seguidas frente a una pantalla, atrapado por un determinado juego electrónico y ajeno a todo cuanto le rodeaba. Fuera del mundo. En su mundo. 

Si admito que la noticia me sorprende es porque no suelo tratar con menores. No forman parte de mi entorno habitual. Conozco, lógicamente, de sus problemas, aficiones e inquietudes por todo lo que veo y leo. Por lo que llegan a contarme, sincerándose conmigo, aquellos que conforman mi entorno familiar. O por las confidencias de algunos amigos, referidas en principio a sus hijos y que con el tiempo (ley de vida) han ido extendiéndose a sus nietos. Puedo resumir, pues, diciendo que yo también estoy fuera del mundo. En mi mundo. Y en mi mundo no caben los juegos electrónicos. 

Me considero una persona más o menos normal. Aunque soy actor, no lo olvidemos. Y eso me coloca ya, de entrada, tal que allá en el extrarradio, en la frontera de la anormalidad. Soy vital, inquieto, activo, curioso, muy curioso, atento a cuando sucede en el mundo y, por encima de todo, ávido lector, no solo de los cuatro periódicos con los que me desayuno cada mañana sino de todo tipo de historias en papel. Vivo entre libros. Ellos son mis okupas. La mía es, lo confieso, una vivienda okupada para la que no espero (ni se me ocurre) ningún tipo de desalojo. Sería injusto. Yo mismo les abrí la puerta hace años. Ahora okupan todo el espacio, se desplazan a su antojo, me arrinconan en el breve perímetro de mi sillón favorito y condicionan mis horarios, mi trabajo y, por supuesto, mis horas de descanso. ¿Es eso una adicción? ¿Un deterioro de la voluntad? ¿Una rendición? Es, en todo caso, alimentada por el roce y el cariño, una bella y larga historia de amor. Una pasión.

Pero no soy, en absoluto, un analfabeto digital. Que conste. Ni un antiguo. Al contrario, soy un rendido usuario de la informática. Mi primer ordenador (un Mac, por supuesto) entró en casa en 1985. Y al igual que sucede con los libros, la okupan, desde entonces, todo tipo de gadgets y pantallas. Conviven, felices, el libro impreso y el e-book, la radio y los podcast, Spotify y mi vieja colección de LPs. Sin embargo, nunca he sentido la menor curiosidad por ninguno de esos juegos electrónicos de implantación millonaria. Aunque algunos vinieran ya instalados de serie con cada nuevo ordenador, ahí siguen, incólumes, intactos, sin estrenar.