Estaba a punto de dejar atrás (un par de meses después) los 35 en que implícitamente situaba Dante el «mezzo del cammin di nostra vita». Y también de cambiar de barrio, en concreto del ya para entonces no tan extrarradial de San Basilio, al que había llegado en 1994 para estar cerca de alguien con quien acababa de empezar una relación, cuyo final —en mayo de 1999— me había sumido en un caos personal que dos años y medio después aún estaba intentando dejar atrás. Tras dos mudanzas sucesivas y muchas cajas y bolsas de libros y discos dejadas en casas de familiares y conocidos/as, había aceptado la invitación de otro amigo (al que había ayudado durante algunas semanas en las que debió permanecer en reposo debido a una lesión en el pie) a quedarme en su casa entre junio y octubre de aquel año, mientras buscaba un apartamento en algún barrio distinto a aquel en que había vivido ese lustro tan intenso y productivo en lo literario como contradictorio y —a la postre— decepcionante en lo personal/sentimental.

En su casa de la huerta estábamos sentados terminando de comer, a punto (yo) de recoger la mesa para dejarle dormitando ante la tele e irme a la céntrica cafetería —muy cerca de Santo Domingo— en la que trabajaba entonces, cuando empezaron los informativos de las tres con las imágenes de la primera torre ya humeante, pues para ese momento hacía un cuarto de hora que el Boeing 767 del vuelo 11 de American Airlines había impactado contra la Torre Norte del World Trade Center. En aquellos primeros instantes de confusión, lo único claro era la densa e imponente humareda que se elevaba al cielo desde esa torre. Matías Prats en Antena 3 hablaba de una avioneta, aunque apenas tres minutos después el segundo Boeing 767 (el vuelo 175 de United Airlines, como el primero procedente también de Boston) impactaba violentamente contra la segunda de las torres y ya todo empezaba a cobrar el más horroroso y terrible de los sentidos.

En el bar no había televisión que pudiera tener puesta —siquiera sin voz— para seguir al tanto de los informativos, así que recuerdo que aparqué mi viejo Corsa del 87 justo a la puerta del bar con la radio encendida, y pasé toda la tarde de aquel martes —había poca clientela, lo habitual durante la feria, y más el mismo día de la romería— saliendo a cada rato para ir enterándome de las novedades de aquellos fatídicos atentados que —también como historiador de formación, aunque no ejerciera— tenía claro que supondrían una alteración de nuestra weltanschauung, un cambio epistemológico radical y un antes y un después en nuestras vidas.