Opinión | La suerte de besar
Mercé Marrero
Todo vuelve, menos la juventud
Me gustaría que con con Abba volvieran también otras cosas como el humor políticamente incorrecto
Cuarenta años después, Abba ha decidido volver. Lo hace intentando disimular que las décadas han pasado por encima de sus pieles y cuerpos nórdicos, pero lo hace anunciando disco y concierto. Su música no me entusiasma, pero me trae buenos recuerdos y todos tienen que ver con noches de discotecas y con mi amiga Bea cantando e interpretando su Mamma mia particular en medio de la pista. Si ellos son capaces de volver, otras cosas de épocas no tan lejanas también podrían retornar. Son los caprichos de la mente. Lees algo y, boom, entremezclas ideas inconexas.
Podrían también volver los veranos pausados y alejados de la hiperactividad actual. La sensación de no sentirse expulsado de nuestra propia isla y veraneo de horarios, lanzaderas y turnos para disfrutar de las playas. Podría ser que también volviera la capacidad para seleccionar y fotografiar los momentos especiales. Los verdaderamente especiales, los que tienen una historia detrás. Hoy todo es relevante y medio mundo, el privilegiado, se dedica a fotografiar lo mismo: la paella al empezar, la paellera vacía al acabar, la puesta de sol, el mar en calma, la botella de vino que nos hace creer que somos unos sibaritas o los pies entrando en el mar. Hacemos fotos por impulso y las abandonamos a su suerte en quién sabe dónde.
Me gustaría que volviera el sentido del humor políticamente incorrecto. Ese que hizo que los Monty Python pariesen La vida de Brian o que los Zucker y Abrahams se animasen con Aterriza como puedas. Me pregunto si hoy, cuando más libertades tenemos, esas películas pasarían la censura que impone no poder herir ni una sola susceptibilidad. Un poco de incorrección y un mucho de saber reírnos de nosotros mismos serían buenos retornos.
Como, también, una cierta relajación en la educación. No sé si es tan relevante que nuestros hijos hablen tres idiomas, hayan viajado alrededor de medio mundo, sean los mejores en el deporte al que están apuntados, visitado a un psicólogo, pasado un verano en un internado y diagnosticado de trastorno por déficit de atención antes de haber cumplido los diez años. La normalidad, en el sentido más amplio, está infravalorada.
Si Abba ha vuelto a reunirse cuarenta años después, también podría ser que, un día, vuelvan las hombreras, los calentapiernas y la música de los sintetizadores. Bueno, las hombreras y calentapiernas tampoco son tan necesarios, pero los sintetizadores sí. Depeche Mode, los botines, los pantalones pitillo y las cartas de amor. Esas declaraciones que se escribían a conciencia y sin abreviaciones. Echo de menos las cartas. Escribirlas y recibirlas. Y las declaraciones de amor, también.
Abba vuelve y ofrecerá un espectáculo en el que aparecerán hologramas de su juventud. Personas de setenta años aparentando veinte. Está claro que ni antes ni ahora queremos mostrar cómo nos hacemos mayores. Lástima. Hacer que las masas bailaran al ritmo de Waterloo y se regodearan en la nostalgia de todo lo que pudo ser y no fue, mientras cuatro artistas maduros se liberan de la obligación de tener que disimular sus arrugas para mostrar su valía habría sido la lección de la vuelta de Abba. El verdadero triunfo de su retorno. Y ver a mi amiga Bea cantar e interpretar los giros de cabeza de Mamma mia, también.
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