Opinión | De paso
Toya Viudes
Todos con el Mar Menor
"Señor presidente López Miras, después de lo que pasó hace casi cincuenta años con el Estacio, ¿cómo se le ocurre ahora pedir a gritos y como gran solución al desastre la apertura inmediata de la gola de Marchamalo? Los que saben han calificado esta medida de contraproducente y temeraria; por favor, hágales caso"
Un bordillo. De piedra, que en las noches de luna llena recorríamos salabre y linterna en mano para pescar cangrejos asustándolos con un fogonazo. Aguas limpias y cristalinas.
Caballitos de mar, chirretes, anguilas, mújoles, quisquillas, doncellas, zorros, langostinos, magres, nacras, doradas, Y balnearios, también públicos, no solo privados.
Playas no había, el Mar Menor nunca las tuvo hasta que a finales de los ochenta varios alcaldes en busca de votos y presionados por las exigencias vecinales quisieron convertir nuestra laguna en el Benidorm murciano y llenaron sus orillas de apestosa y sucia tierra de rambla. Ya puestos podrían haberse tomado la molestia de traer arena limpia y blanca del Mediterráneo.
No lo hicieron y, a falta de mareas, la mal llamada regeneración del pequeño mar solo consiguió llenarlo de algas y fango.
Años 60.
Pero esta tragedia que hoy tiene a nuestro Mar Menor podrido y agonizante comenzó mucho antes. Años 60. Tomás Maestre proyecta la urbanización de La Manga con la que se inicia un modelo de construcción avaricioso y descontrolado que a día de hoy ha edificado hasta el último metro cuadrado de todo ese litoral que tiene más puertos deportivos que Baleares y 6.000 barcos a motor y motos acuáticas, una exageración para tan poco espacio.
Acechada la laguna por los estériles mineros y la presión turística con el consiguiente vertido descontrolado de aguas fecales, en 1974 se autoriza el ensanche y dragado del canal del Estacio que transforma la gola de comunicación tradicional entre los dos mares en una ancha vía marítima para la circulación de barcos de gran calado, al tiempo que reduce la salinidad y temperatura del pequeño mar, transforma su ecosistema y permite la entrada de especies invasoras que, desde entonces, campan a sus anchas.
Dios, señor presidente López Miras, después de lo que pasó hace casi cincuenta años, ¿cómo se le ocurre ahora pedir a gritos y como gran solución al desastre la apertura inmediata de la gola de Marchamalo? Los que saben han calificado esta medida de contraproducente y temeraria, por favor, hágales caso.
Sofisticado sistema agrícola.
Casi al mismo tiempo, el secarral de almendros, algarrobos y cebada que era el campo de Cartagena comienza a transformarse en una sofisticada maquinaria de agricultura intensiva de regadío con la llegada del trasvase del Tajo. Las hectáreas cultivadas se multiplican, el agua no es suficiente y empiezan a abrirse miles de pozos de los que hoy existe uno por cada kilómetro cuadrado.
Durante décadas el Mar Menor es capaz de absorber sin rechistar la salmuera del agua desalada y las casi 5.000 toneladas anuales de nitratos. Y todos, felices y, lo que es peor, callados, aun sabiendo que este ecocidio consciente y continuado es la crónica de una muerte anunciada.
Primavera del 2016.
La flora acuática cercana al fondo es incapaz de absorber más nutrientes, el agua se enturbia, el fitoplancton se dispara y los fitobentos, incapaces de sobrevivir sin luz, mueren en un 85%, provocando por su alta demanda de oxígeno los primeros episodios de anoxia. La mayor laguna salada de Europa, convertida en una repugnante sopa verde, está al borde del colapso tras décadas de maltrato. Cruce de acusaciones políticas, promesas de recuperación, búsqueda de fondos adicionales… ¿Y realmente qué se hace? Poco o más bien, nada.
Milagrosamente en años posteriores las aguas recuperan transparencia y vuelve la esperanza, pero llega el 12 de octubre de 2019 y, tras un episodio de lluvias torrenciales (DANA), más de tres toneladas de peces y crustáceos aparecen muertos en las playas. Hace tan solo unos días la historia se ha repetido y la cifra de seres vivos sin vida ha aumentado: más de cuatro toneladas.
Medidas urgentes ya.
No soy experta ni me atrevo a enumerar las medidas urgentes que habría que tomar para atajar de raíz este doloroso desastre, pero lo que sí tengo claro es que ya habrá tiempo para buscar culpables que al final somos todos los que hemos permitido este atentando medioambiental durante tantos años. Pedro Sánchez se ha negado a declarar el Mar Menor zona catastrófica en castigo a los del PP tras ‘años de dejación’ de las competencias encomendadas; ellos escurren el bulto y señalan otras responsabilidades.
Señores políticos de uno y otro bando: déjense de convenios y comisiones bilaterales y tomen medidas urgentes ya, mañana será tarde. Y por mucha foto, mucha sonrisa, mucha reunión y mucho apretón de manos, permítanme que lo de trabajar unidos Gobierno central y autonómico lo ponga en duda porque si no lo han sabido hacer por una pandemia que ha puesto patas arriba al mundo, y hasta nos encerró varios meses en casa, dudo mucho que sean capaces de moverse al unísono para salvar un mar que, aunque así lo llamemos, solo es una laguna, muy querida sí, pero ahora putrefacta y contaminada.
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