Opinión | Los relatos de Jekyll

Lo peor del speed

SPEED

SPEED

Lo peor del speed es que hay ocasiones en las que llega un momento en el que se te olvida que, tarde o temprano, querrás volver a dormir. Esas rayas sin sentido de las ocho de la mañana, cuando ya es bastante evidente que la cosa está a punto de acabar. A Raquel y a mí nos ocurrió aquella noche. Habíamos acabado en el barrio del Carmen de Valencia, en el piso de un profesor de literatura que habíamos conocido en un bar de ambiente. Como éramos los únicos heteros del nutrido grupo, y encima pareja, fuimos algo así como la atracción de la noche, cada uno por su parte. 

Me dejé pintar las uñas de las manos de color negro mientras discutía con uno de ellos que Rocío Jurado no podía apropiársela. «Sigues siendo un hombre blanco occidental de clase media, así que tu cuota de oprimido no da para tanto», y ese rollo, ya sabéis. Todo regado con más y más latas de Estrella Damm y pequeñas puntas de anfetamina mal ‘espiscada’ que me destrozaban la nariz.

Imagino que desde fuera era bastante evidente lo que ocurría, teniendo en cuenta que estuvimos en ese piso durante cuatro horas y Raquel y yo apenas cruzamos palabra. Como si la noche, ya convertida en mañana, pudiera alargarse eternamente para así seguir evitando LaPelea™. Qué curioso que como pareja siempre hayamos procrastinado hasta esos asuntos. Imagino que era parte del problema, claro que eso es fácil decirlo ahora. Lo de que éramos demasiado parecidos y demasiado poco complementarios, me quiero referir. Un topicazo. Como todo lo que ocurrió en aquel viaje. Como todo lo que me estaba ocurriendo a mí, también.

Los vídeos seguían circulando en Youtube y yo hablaba sobre lucha de clases y otra clase de gilipolleces de las que uno solo discute con esa vehemencia y ahínco cuando va de anfetamina a las ¿9/10? de la mañana rodeado de un puñado de desconocidos en una ciudad que se empeña en intentar engañarle con falsas promesas. Raquel hablaba con el dueño de la casa, el profesor de literatura. Sentí muchos celos, algo que me pesa admitir. No tenían sentido. No sólo por la situación de nuestra relación, ni siquiera porque el tipo fuese homosexual, si no porque ¿cómo cojones podía sentir yo celos de que estuviera hablando de mí? ¿Qué sentido tenía eso? Pero cuando la abrazó y sentí que ella dejaba caer alguna lágrima (aunque eso igual me lo inventé porque yo solo miraba por el rabillo del ojo) tuve que cerrar los ojos y concentrarme en mi propia respiración para no montar un número. 

Creo que me puse celoso porque estaban hablando, y al final eso es lo que nos había ocurrido a nosotros. El silencio había entrado en nuestras vidas como la humedad en una pared y nosotros nos limitamos a dormir para el otro lado hasta que fue insoportable. Habíamos superado un puto año a mil kilómetros de distancia, pero no fue muy duro porque abrimos la relación a encuentros sexuales esporádicos y porque, joder, hablábamos a todas putas horas. Raquel, mi confidente, mi mejor amiga, la persona en la que siempre pensaba cuando se me ocurría cualquier cosa, relegada a una sombra en el sofá ante la que encogerse de hombros cuando me preguntaba cómo me había ido el día. 

Lo peor del speed, a veces, es que se te olvida que es algo más que un estimulante. Me hace gracia cuando la gente dice: «pero si es como un café». Una polla un café. Al final, para el pesar de Raquel y el mío, el plan simplemente decayó y no había nada más que exprimirle. Alguien propuso ir a la playa, pero la idea no llegó a cuajar y cada mochuelo se fue a su olivo. Hasta el profesor, que era el que invitaba a speed, nos dijo que podíamos quedarnos ahí en el salón, pero que él se retiraba a sus aposentos. Evidentemente no lo hicimos y nos marchamos de allí. 

Desee ser fumador para ir encendiendo un cigarrillo tras otro en el paseo de vuelta al hostal. La tensión estaba ahí, aunque a veces lo peor del speed es que no puedes asegurar qué está realmente ahí y qué procede de la cantidad de anfetamina que está procesando tu cerebro. Al final no pude más, y ahí, en mitad de Valencia, me paré de repente, tomé aire, me giré a mirarla y dije: 

—Raquel, estoy enamorado de otra persona.

Ella me agarró la mano de nuevo (se la había soltado yo para decirle aquello) y se pegó a mí, empezó a caminar, instándome a que hiciera lo mismo y solo dijo: 

—Ahora no, Juan, por favor. 

Tras unos pocos pasos apoyó la cabeza en mi hombro y seguimos caminando hacia el hostal.