Decía el poeta Félix Grande: «Donde fuiste feliz no deberías volver jamás», y siento discrepar. Cada verano de mi vida he sido feliz en el mismo lugar, cada verano desde hace 43 años he compartido aventuras, risas, llantos, barbacoas, borracheras, cines de verano, baños interminables, partidas de mus, secretos inconfesables, bailes en verbenas, noches mojaqueras, amaneceres garrucheros, platos de caracoles, ensaladillas de marisco, whiskys con cocacola, cervezas y así una lista eterna, con los de siempre.

Ya no queda nada de aquellos veranos, ni nosotros somos los mismos, pero siempre hay que volver allí donde fuimos felices, reencontrarnos y recordar, reír hasta llorar.

Manolo García y su ‘burro amarrado a la puerta del baile’; Rosana con A fuego lento, o Manolo Tena y Sangre Española, eran los hits del momento que escuchábamos a todas horas, allá por los noventa.

Nuestro primer bar fue una cochera; dicho así les sonará cutre, pero era nuestro lugar, la cervecería Marcle, jugábamos al duro o al penúltimo, al futbolín. Las noches en el Club y los primeros malibús con piña y brebajes parecidos. Mas tarde empezamos a subir a Mojácar y perdernos por aquellas calles y bares cuando el pueblo estaba vivo, el Neón, el Loro Azul, el Budú. Las barbacoas en el playazo por la noche, la guitarra y las canciones de Dire Straits, las excursiones a comer caracoles a Turre, una tradición sagrada, como la de irnos a la playa del Manacá a pasar el día, donde les contaré como curiosidad cinematográfica que en ella se rodó La Isla del Tesoro en 1972, con Orson Welles.

Millones de recuerdos hemos ido atesorando a lo largo de todos estos años y los que quedan. Hace unos días he vuelto allí donde fuimos felices, me he vuelto a reencontrar con los de siempre, y aunque el tiempo pasa y la vida nos sacude, la amistad sigue intacta, pura y sincera.

Ya lo dice Gardel, «sentir que es un soplo la vida...», y añado yo, que 43 años no es nada, que nos quedan muchos más para volver, seguir riendo hasta llorar, recordar y despotricar de cómo ha cambiado todo, pero siempre hay que volver, porque cuando volvemos es como si reviviéramos aquellos años de aventuras con cangrejos, querer irnos nadando a Ibiza, tener un amigo punki, un amigo canapé, escuchar las cintas que me grababa Quique, bailar en la Muralla junto a ellas, la luz roja del baño del cine Cinema y así infinitas aventuras a las que siempre querré volver.