Hace apenas unos días que ha sabido que el emperador Carlos V, como le llaman los alemanes, ha recuperado Túnez para la Cristiandad. Ya no le deja su cuerpo, que no le responde como en la juventud, pero su mente sí partió junto a los ejércitos y marineros y conquistó a los berberiscos su ciudad. Para él, el Mediterráneo siempre ha sido un lugar común, como el recreo de su infancia. Sabía que las orillas de Guadalquivir desembocaban en el Atlántico, esa extensión a la que Colón había puesto límites. Sevilla se ha multiplicado de barcos y genoveses. Es la ciudad más rica de España y él es el hombre más rico de Sevilla. Pero presiente que se está muriendo y a la muerte no se la compra con dinero.

Camina por el patio de la casa que mandó construir su padre. Él la amplió después de su peregrinación. Fue el viaje más maravilloso que un hombre hiciese desde los días de Marco Polo, con permiso de Colón, claro. Posa su vista sobre los arcos mudéjares. Le gusta detenerse en las filigranas del mármol. Los árabes fueron capaces de hacer del espacio una incógnita. Le llamaron geometría al noble oficio de embellecer la materia con vacíos y silencios. En su Sevilla natal, el marqués creció contemplando los arabescos del Alcázar cuando en él se hospedaban los Reyes Católicos. En 1490, junto a su padre, participó en el sitio de Granada y dos años después entró triunfante a la Alhambra por las Puerta de Bab-al-Sharía, renombrada Puerta de la Justicia. Allí contempló el Patio de los Leones y comprendió que la belleza no era exclusiva de los fieles a Cristo. Él también quiere que su palacio, en pleno centro de Sevilla, tenga un patio digno del recuerdo. Para ello, encargó en Génova una fuente sencilla de la que nunca dejara de caer el agua, como de la garganta de esos leones granadinos.

El tiempo parece haber pasado más rápido de lo que él hubiese querido. Camina bajo los arcos con ayuda de un bastón y entra en la Capilla de la Flagelación. Recuerda la muerte de su padre, la de su madre, que ahora parecen una única sumisión a la vida y sufre como el día posterior la misma fe de aquellos años. Era 1518 y decidió peregrinar hacia Jerusalén. Formó una pequeña procesión con mayordomos, capellanes y criados y partió una mañana fría de noviembre desde Bornos. Atravesó Andalucía. En Murcia esperó el florecimiento de los limoneros y en Valencia el de las naranjas. En Barcelona ascendió hasta el Monasterio de Montserrat y en Marsella respiró el mistral, cargado del agua del Ródano. Desde allí tomó el camino hacia los Alpes, tal y como Petrarca había hecho casi dos siglos antes. Ante él estaba Italia, lugar soñado desde niño, donde los hombres habían elevado el arte al lenguaje de los dioses. Pero no se detuvo demasiado. Lo esperaba Venecia, la ciudad de los mercaderes y las pistas de agua. Allí tomó un barco y costeó el Adriático, con los ojos puestos en Oriente, ante el miedo que provocaban los relatos de los cautivos. Sorteó el Egeo, un mar lleno de piratas, y llegó al puerto de Jaffa. Pisó Tierra Santa y con un palma se dirigió a Jerusalén.

Es tal vez el mayor regalo que le pudo hacer a la ciudad de Sevilla. Cada Semana Santa, desde la Cruz del Campo, se celebra un Vía Crucis que finaliza en su palacio. La Casa Pilatos la llaman los sevillanos porque en su camino tras las huellas de Cristo, Enríquez de Ribera recorrió la distancia entre el Palacio del Prefecto romano Pilatos (que se lavó las manos) y el Gólgota. La cuenta fue un presagio. Desde la Cruz del Campo, a las afueras de Sevilla, hasta su palacio, se reproducía la misma cifra. Sería como viajar de nuevo a Jerusalén cada Viernes Santo de madrugada.

Ha dejado atrás las capillas con sus esculturas paleocristianas y se dirige hacia el jardín. Es su parte favorita de la casa. El albero es una tierra agradecida en donde crecen las rosas, germina el azahar y se alargan las palmeras. Parece una extensión del Edén, exactamente igual que aquel jardín de naranjos que visitó en lo alto del Gianicolo, en Roma, a su vuelta de Jerusalén. Cuando partió de la ciudad santa, con el corazón inflado de felicidad, tomó un barco e hizo parada en Chipre. La isla vivía el ajetreo propio de las fronteras. Pertenecía a Venecia pero los turcos lanzaban ataques constantes sobre sus costas. De allí volvió por el camino inverso. Desembarcó en Venecia, pero decidió demorarse por la Península Itálica. Entró en Roma vestido de romero y se perdió en las ruinas de una civilización que sentía suya. Allí estaba Roma en su esplendor, la de los Escipiones y la de Adriano, el emperador que había nacido en Itálica, en la otra orilla del Guadalquivir. Tras consultar las obras del Vaticano, preguntó por un tal Miguel Ángel, que diez años antes había condenado al infierno a media curia. Después le sucedieron Nápoles, tan española, Florencia, Pisa, Bolonia y Génova. En cada rincón de su jardín quiere atrapar un rasgo propio de cada ciudad en la que ha estado. Su palacio se sobrepondrá a su memoria. Las generaciones posteriores caminarán sobre las sombras de viajes pasados. En su huerto, en su patio, el visitante creerá encontrar el perfil del Gólgota, una estatua romana o el perfume de la Alhambra. Pero Fadrique aún camina por su palacio. Es la prueba de que el mundo existe y es tan bello como cuentan.