Que la realidad sea tan solo un escenario más ya lo sabemos desde hace quince siglos. Desde el teatro griego hasta nuestros días los hombres han ido tomando conciencia de que alojan bajo su piel un actor en potencia, y que cada situación puede ser contemplada como una actuación. 

Tanto Shakespeare como Calderón, antecedentes de Second Life y de Matrix, concibieron el teatro como un espejo con el que reflejar el teatro de la vida. Entrar en el mundo del teatro es descorrer una fina membrana a otra realidad. Y cuando baja el telón y regresamos al tablado de esta otra función que es nuestra vida, la duda de que también seamos personajes nos asalta. Este espejismo se ha llevado ya a sus máximas consecuencias. 

En la literatura el auge de la autoficción y la novela autobiográfica ha supuesto un debilitamiento de las fronteras entre vida y ficción. Y en la televisión, la telerrealidad se ha convertido en una nueva forma de conectar a los telespectadores con la ficción de un modo más directo, sin filtros ni concesiones. El argumento ya no es un elemento aislado. Es una masa informe, una bola de nieve sucia que se va creando sobre la marcha, en directo, imitando así los propios principios que rigen la realidad. Al aniquilar la ficción estamos también eliminando el estatuto de lo real.

Desde hace unos años con la proliferación de las redes sociales y las realidad virtuales nos hemos transformado en seres hiperconscientes de que al menos hay dos realidades que se mezclan y se complementan. Una, en la que compramos el pan, vamos al trabajo y discutimos por nimiedades domésticas. Otra, más perfecta y armoniosa, que se puede consultar en Instagram o Facebook. Nadie ignora a día de hoy que muchas de las fotografías y vídeos que se cuelgan en redes sociales están tratados con filtros o programas que los alteran. Aun así nos los creemos y de algún modo somos felices consumiendo y mostrando esta otra vida de felicidad digital. Basta con buscar un escenario o un fondo verde y disponer de un teléfono móvil. La magia está servida. Asumir que vivimos en Matrix no es tan malo. Porque toda mentira encierra su núcleo de felicidad. 

Pero el simulacro avanza (o más bien nosotros avanzamos a través del simulacro) y llegará el momento en que la realidad virtual, la autoficción y la telerrealidad sean indistinguibles de la realidad. En China ya han creado un pueblo falso exclusivamente para que sirva de decorado para tomarte una foto y subirla a Instagram. Xianpu es una suerte de Disneyland para instragramers, un pueblo inventado que recrea una China rural ya inexistente. Como si fuese un parque temático de la irrealidad, poblado por actores que interpretan el papel de pescadores o campesinos felices. No creo que sea casual que este fenómeno esté teniendo lugar en China, el país de la copia y de las reproducciones piratas. Xianpu es una copia del pasado, un pueblo fake, una fotocopia de la realidad que sirve para construir ese imaginario de publicaciones, historias fugaces y likes, de pompa y fantasía que son las redes sociales. El show de Truman se desborda y se filtra en el show de la realidad.

La hiperrealidad ya está aquí. Xianpu se expande. Un día no muy lejano estaremos todos viviendo en un lugar como Xianpu. Con la certeza de que no sabremos si es real o no. Porque la realidad, ya lo estamos viendo, dejará por fin de existir y la amenaza de la ilusión será sustituida por la ilusión pura.