Opinión | De vuelta

Santiago Delgado

El sombrero peruano

Los aditamentos etnicistas son profundamente racistas, si se usan fuera de contexto

Santiago Delgado

Santiago Delgado / L.O.

Sí, ese sombrero que usa el nuevo presidente del Perú. Una cosa alba y fálica, como chimenea de algodón, y alas como de nube plegada. Sí, me río de las etnicidades necias para simbolizar nada. De la misma manera me reiría de un presidente español que se presentara con boina negra, calada hasta las cejas y camisa sin cuello, con chaleco mugroso y negro sobre ella. Quien se ancla en los nacionalismos étnicos es un canalla directamente. Por demás, fuera de su uso excéntrico, el tal sombrerito es, ya lo he dicho, un símbolo macho, pensado para diferenciarse del que es de uso común de todas las mujeres autóctonas de ancho altiplano de Sudamérica: un bombín exiguo o una especie de gorrillo de cazador europeo, ambos negros. Por eso, el sombrero macho que usa este hombre, blanco y alto, es machista a tope. Y, además, ahora es símbolo de poder. Por lo que se hace patriarcalista. Lo tiene todo, sí. Y, además, no se lo quita, ni en interior, ni en exterior. No sabemos si para dormir.

Los aditamentos etnicistas son profundamente racistas, si se usan fuera de contexto. No son, no pueden ser ya símbolo nacional. Pues lo nacional va a ser muy pronto, en todo el mundo, tan sólo una parte de lo que representa el Estado. El sombrero tejano no representa a todo Estados Unidos, y así por todo el mundo. Alardear de sombrero étnico es reaccionario y excluyente. Para decir a quien le ve a usted, señor presidente, de dónde es, basta con mirar su rostro. Y ya está. Parece que nos dice: «Mira mi sombrero, tú no tienes uno; yo sí, anda chincha, rabia, xódete…!». Qué pena no sepa el ridículo que hace, y el nulo respeto que impone.

En la modestia que a mí me compete, creo que no son, no deben ser, instrumentos de agresión, ni visual siquiera, los elementos supuestamente étnicos, que queremos imponer visual o auditivamente a los demás. Y no es que nos avergoncemos, ni mucho menos. Un acento excesivo de nuestro terruño debe ser compensado por un mínimo esfuerzo por hablar en el registro estándard de la sociedad. Y los elementos de indumentaria, igual. En común, usemos el máximo de expresión, visual y auditiva compartido con el prójimo. Inter nos, es otra cosa.

Así que, señor neopresidente del Perú, proceda a ejercer la sencillez y la modestia que debieran ornar su identidad personal. Pero sé bien que no lo hará. La soberbia ideológica y nacionalista que lo embarga se lo impide de manera absoluta.

Le vaya bien, oiga.