Opinión | Diosas olímpicas

Julio Pérez-Muelas Alcázar

Montreal 1976, la gimnasia está trsite

Nadia Comaneci vuela en Montreal 76 y consigue el primer 10 en la historia de la gimnasia femenina.

Nadia Comaneci vuela en Montreal 76 y consigue el primer 10 en la historia de la gimnasia femenina. / L.O.

El corresponsal del diario Marca consulta la hora en el reloj de la sala de prensa. 20:10. En España ya es un nuevo día y las máquinas del periódico deben estar a pleno rendimiento. Lástima que no le entre un artículo sobre Nadia Comaneci. El milagro que ha sucedido en la pista central del Forum de Montreal esta misma tarde es la noticia deportiva del año, tal vez de la década. Basta con echar un vistazo a esta habitación. No hay ni una butaca libre, ni ningún medio en el mundo que no tenga una representación en esta fiesta del Olimpismo.

Nadia entra en la sala de prensa acompañada de su entrenador, Béla Károlyi. Los 200 periodistas acreditados detienen sus conversaciones y la reciben con un caluroso aplauso. La niña esboza una tímida sonrisa y hace una leve inclinación de cabeza. No sabe dónde meterse. No entiende muy bien el revuelo que se ha montado a su alrededor. Una traductora da las gracias en inglés en nombre del equipo rumano y se abre el turno de preguntas. Las primeras son realmente inocentes: ¿Te gusta el chocolate, Nadia? ¿Juegas con muñecas? ¿Cuál es tu actor preferido? Son temas absurdos pero sirven para que la gimnasta se vaya soltando con los micrófonos.

El corresponsal del Marca sigue las intervenciones de Nadia con gran interés. Le gusta su modestia. Está acostumbrado a los futbolistas de La Liga y, a su lado, esto le parece un jardín de infancia. Vista de cerca le resulta incluso más pequeña que en el estadio. A lo sumo tendrá la edad de su hija. 15 en noviembre. ¿No es demasiado todo esto para una niña? Da vértigo imaginar las horas que habrá renunciado a estar con sus amigas para entrenar. Por otro lado, hay algo extraño en su rostro pálido, como una especie de melancolía que no termina de ver la luz. ¿Qué tendrá la gimnasta?

El periodista de Los Angeles Times agita la sala con su intervención: ¿Te sorprendió sacar un 10? Nadia se concentra en el horizonte y recupera esa mirada furtiva que ha mostrado durante la competición. «Sabía que el ejercicio había sido perfecto», responde con firmeza, «para mí no es algo nuevo». Todos se quedan sorprendidos con la seguridad de sus palabras y comprenden de inmediato que lo de esta tarde no ha sido fruto de la casualidad. ¿Cuál es tu aparato preferido, Nadia? «Bueno», balbucea mientras elabora una respuesta en su cabeza, «supongo que las asimétricas porque soy capaz de hacer movimientos imposibles para el resto».

En cuanto menciona las asimétricas el corresponsal del Marca rememora lo que ha presenciado en el Forum de Montreal. Él se encontraba en el reservado para la prensa en el momento en el que han anunciado por megafonía a Nadia Comaneci. A pesar de que un compañero comentó unos días atrás que en el pasado Europeo esta chica se había hecho con cuatro oros nadie le dio la menor importancia. Como siempre, todos se volcaron con las soviéticas. Así que cuando ha aparecido en pista con su maillot blanco y su lazo en la cabeza ha pasado desapercibida. Un error periodístico de época.

Lo sucedido a continuación es difícil de precisar. Han sido posiblemente los 20 segundos más extraordinarios de este deporte. En cuanto la niña ha hecho la primera vertical los espectadores han dejado de respirar y ha quedado claro que este no iba a ser una rutina cualquiera. La chica pasaba de una altura a otra con una determinación y una fuerza impropia de la gimnasia femenina. En la parte final Nadia ha estrellado su cuerpo contra la barra inferior, ha rotado 360 grados y ha salido volando como una versión en miniatura de la Victoria de Samotracia. Unos metros después ha terminado de pie con una reverencia y el público ha enloquecido. 

Después ha llegado el turno de los jueces y de su polémico retraso. El corresponsal del Marca lo ha vivido junto al enviado especial de La Gazzetta dello Sport. «Una decisione molto difficille», le decía su compañero mientras abajo las grabaciones eran revisadas una y otra vez en busca del error más insignificante para restarle alguna décima a Nadia. Pero no han encontrado nada. El ejercicio ha sido perfecto desde todos los puntos de vista: dificultad máxima, nivel artístico insuperable y una ejecución exacta, como si se tratase de una de esas ecuación matemáticas que describen el movimiento de los planetas. El comité arbitral se ha rendido a las evidencias y le han concedido el primer 10 de la historia. Un terremoto en términos gimnásticos. 

Su amigo italiano insiste en este momento durante la rueda de prensa. Nadia, le pregunta con cierto sarcasmo, ¿qué has pensado cuando has visto un 1.00 en el marcador? La niña rememora el instante y no puede contener una carcajada. La federación internacional no había contemplado la posibilidad de un 10 y los dispositivos electrónicos no estaban preparados para la máxima puntuación. Ha sido memorable ver al juez dando explicaciones junto a ese 1.00. La joven rumana ha revolucionado el Olimpismo.

La rueda de prensa llega a su última pregunta. El corresponsal del Marca hace tiempo que perdió la esperanza en formularle alguna cuestión y ya ni siquiera levanta su brazo. Se conforma con haber atendido a este pase privado. La traductora señala a una periodista del fondo y lanza su dardo: ¿qué pasará cuando falles? Nadia se muerde la lengua e intenta reponerse de esta salida en falso. «Bueno», dice tras una profunda meditación clavando los ojos sobre un futuro próximo, «para eso aún queda mucho tiempo, lo de hoy ha sido solamente el principio». 

Tras estas palabras su entrenador le dice algo y Nadia se despide de los medios. Está cansada y mañana tiene otra cita con su leyenda. El corresponsal del Marca la ve alejarse por la puerta y siente que se marcha un ser misterioso. La noche es larga y a él le espera su máquina de escribir. No será fácil enfrentarse a la belleza de sus movimientos ni a esa tristeza que puebla de sombras su corta vida.