Opinión | La balanza inmóvil

Confesión

Hoy tengo que confesar que me colé cuando hace tiempo creí al Pequeño Nicolás. Que según ha declarado él mismo, ni es pequeño ni es Nicolás ni está loco. Y las tres cosas son verdad. No es pequeño, porque tiene una estura muy normal y ya ha cumplido sus añitos. No es Nicolás, porque su nombre primero es Francisco. Y no está loco, sino simplemente fantasioso. Según sus propias declaraciones en sede judicial, hizo lo que hizo en su viaje a Ribadeo, por tirarse el pisto, por hacer un viaje peliculero y para parecer una persona importante. O lo que es lo mismo, y dicho por la medicina forense, por padecer una anomalía psíquica.

El caso es que se fue desde Madrid a Ribadeo en coche oficial y con escolta (que ya les vale también, que se lo creyeron como yo), en nombre de la vicepresidenta entonces del Gobierno de la nación, para reunirse con el presidente de Alsa, donde también acudiría a la comida un miembro de la Casa Real. Por supuesto, cuando llegaron al destino ni reunión ni apareció ningún personaje importante y comió tan tranquilo, aún a sabiendas que todo era fabulación. Me imagino lo feliz que iría los 548,8 kilómetros que separan ambos destinos pensando que era el rey del mambo, durante casi seis horas de viaje. La triste realidad es que se la dio con queso a más de una institución.

Y eso le ha costado una acusación del Ministerio Fiscal por cohecho activo a los policías que le acompañaron en el viaje. Lo cual le puede llevar a dar con sus fantasías en la trena, pues además es reincidente en sus fabulaciones, ya que con anterioridad ya había sido condenado por falsear un DNI para aprobar el examen de selectividad para ingresar en la Universidad. Ítem más, el 14 de agosto de 2014, se coló, y así se le vio en la televisión, usando la invitación de otra persona, en la coronación de Felipe VI. Si a eso se le adicionan los numerosos programas televisivos en los que el pequeño Nicolás o el grande Francisco, como ustedes prefieran, era entrevistado y explicaba con todo lujo de detalles tanto sus estrechas relaciones con el partido a la sazón en el poder, mostrando fotografías con presidentes y vicepresidentas, amén de participar en sus actos electorales, entenderán ustedes que caí en la trampa de sus imaginaciones. Eso demuestra dos cosas, una que es un genio en meterse de lleno en la pomada del poder político, y otra que desde luego es más listo que yo, que lo creí a pies juntillas. Lástima que esa genialidad la usara para cometer infracciones penales y administrativas, en lugar de haberla puesto en interés de la inteligencia de este país, que a lo mejor hubiera hecho un buen papel de colaborador en lo inimaginable.

Por eso, hoy confieso que soy un pardillo a su lado, y a pesar de no justificar nunca la comisión de un delito, ya sea como autor o como colaborador necesario, tengo que reconocer que sentí una gran admiración hacia él, en esos momentos fastuosos, de poder y control de las situaciones creadas e inventadas, por su prodigiosa fabulación.

No es nada fácil engañar a muchos de los espectadores de los medios de comunicación, a policías y al mismísimo rey de España, que imagino la cara se le quedó cuando uno de los personajes invitados a su coronación, estrechándole la mano a la familia real, en presencia de la flor y nata de las instituciones de este país, era nada más ni nada menos que un jovencísimo Francisco Nicolás, que respetuosamente inclinaba la cabeza ante el Jefe de Estado, dejando constancia de su audacia, esquivando todo control de asistencia al acto.

Lo dicho, un gran fabulador con una inteligencia fuera de lo común.