Opinión | Erre que erre (rock'n'roll)

Jutxa Ródenas

Zeus en tanga

Jutxa Ródenas

Jutxa Ródenas

Seguramente si hay algo que no debería preocuparnos durante unos Juegos Olímpicos es la indumentaria con la que saltan al foso los deportistas, sobre todo y más aún las deportistas.

Que en lugar de admirar la preparación, el esfuerzo y tesón con la que llegan a cada edición los atletas nos cuestionemos su fondo de armario o el tamaño de sus uniformes, dice mucho de esos valores ridículos y superficiales que priman en nuestra sociedad. Mentira, no nos interesan las horas de entrenamiento, sus lesiones físicas o el esfuerzo invertido, sí el tamaño de sus bragas. 

Para dejar de agarrársela con papel de fumar, yo propongo volver a competir en taparrabos, o mejor aún, cubrir como antaño sus cuerpos con aceite y arena fina, como hicieran esos griegos libres que competían en las Olimpiadas previa preparación a una guerra. Volvemos a obviar los valores que durante décadas se han mantenido en estas competiciones: el respeto, la excelencia y la amistad entre pueblos. 

Ya no sirve construir con lo que uno es capaz de hacer si lo que impera es enseñar cacho mientras se golpea una pelota o se salta a un foso de arena como decisión del hombre (blanco y miembro del Comité Olímpico en este caso). Una manera como otra de degradar el esfuerzo impetuoso que le supone a una mujer llegar hasta ahí. 

Somos capaces de demandarla si no juega al balonmano puesta de tanga, pero nos rasgamos las vestiduras mirando hacia otro lado cuando la nadadora que nos representa no puede viajar acompañada de su bebé lactante. Es como poco para hacérselo mirar, señores. Os toca mover ficha, es mucho el trabajo que tienen por delante en materia de igualdad y diversidad, derribar de una vez las carencias ligadas al sexismo y poder así colgarnos la medalla por haber participado en esta carrera de obstáculos que nos imponen. 

Haber saltado con pértiga sobre imposiciones de machirulos que nos degradan o cosifican , y poder subir al podium desnudas si nos apetece, o con una corona de laurel cubriendo nuestro ombligo si así lo deseamos, será otra señal de victoria.