Opinión | Espacio abierto

Colectivo de Mujeres por la Igualdad en la Cultura

Juegos Olímpicos, todavía lejos de la igualdad

El pasado 23 de julio, con un año de retraso debido a la pandemia de Covid-19, comenzaron los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, que celebran la XXXII Olimpiada de la Era Moderna. En las diferentes disciplinas compiten atletas que llevan años preparándose para esta cita. En esta ocasión se calcula que la participación femenina se acercará al 49%, una cifra que supera al 45% de los anteriores juegos de 2016.

En estos Juegos Olímpicos la presidenta del comité organizador, por segunda vez en la historia es una mujer. Seiko Hashimoto sustituyó al anterior presidente después de que éste hiciera comentarios machistas, oponiéndose a la entrada de más mujeres en el comité organizador con el ‘argumento’ de que (las mujeres) hablan mucho en las reuniones, por lo que deberían ver restringido su tiempo de palabra.

La historia de la mujer en los Juegos Olímpicos es relativamente reciente. En la antigüedad las mujeres tenían prohibido participar en los juegos y solo las solteras podían asistir como espectadoras. Cuando Pierre de Coubertin propuso el reinicio de los Juegos Olímpicos en el año 1896, se opuso a la participación de las mujeres. Para él la mujer se define como compañera del hombre y «los Juegos Olímpicos constituyen la exaltación solemne y periódica del atletismo masculino con el aplauso femenino como recompensa». A pesar de estas declaraciones, en la segunda olimpiada de la era moderna, celebradas en el año 1900, de 997 participantes, 22 eran mujeres que compitieron en «deportes compatibles con la feminidad», es decir, tenis, vela, cricket, equitación y golf.

No fue hasta 1928 que las mujeres pudieron participar en competiciones de atletismo. Cuando tras la final de 800 metros las atletas se dejaron caer en el suelo, los antifeministas del movimiento olímpico utilizaron esta imagen para argumentar que la mujer es un ser frágil, que era peligroso someterse a estas pruebas de resistencia, ya que podían perder su feminidad y su capacidad para tener hijos, y además las advertían de que envejecerían muy pronto.

La participación de las mujeres en los Juegos Olímpicos no despegó hasta la segunda mitad del siglo XX. En Helsinki 52 fue de menos del 10%; en Montreal, 76 del 20%; en Atlanta, 96 del 30%, y en los Juegos del 2004, del 40%. Ahora, en Tokio, es del 49% y se calcula que para el año 2024 la participación será del 50%.

Sin embargo, la paridad en las citas olímpicas está aún muy lejos de ser real. Las juezas y árbitros en las competiciones no llegan a ser un tercio del total de jueces, y el número de entrenadoras no supera el 11%. No hay ninguna mujer que entrene a algún equipo masculino de baloncesto, balonmano, fútbol, voleibol, hockey hierba ni rugby, mientras que sí hay técnicos masculinos que entrenan a equipos formados por mujeres. En la asamblea del COI solo un 37% son mujeres.

En cuanto a las disciplinas deportivas, aún hay dos de ellas en que solo existe competición femenina (la gimnasia rítmica y la natación artística, aunque existen deportistas masculinos de ambas) y la lucha grecorromana es exclusivamente masculina. En otros deportes, como vela, fútbol o boxeo, hay menos categorías para mujeres que para hombres.

Pero la mayor desigualdad se da en la conciliación y la práctica del deporte. Muchas mujeres se retiran si quieren ser madres, ya que hay clubs deportivos con cláusulas antiembarazos. Algunas de ellas ajustan su embarazo a los calendarios deportivos para poder participar. Muchas de ellas, cuando vuelven a competir, se encuentran con la dificultad de conciliar su papel como madres con las exigencias de los entrenamientos y las condiciones de la competición.

En estos juegos olímpicos, condicionados por la situación sanitaria, algunas atletas, como es el caso de la nadadora española Ona Carbonell, han denunciado la imposibilidad de viajar a Tokio con su hijo de casi un año al que sigue dando de mamar. Las medidas sanitarias impuestas lo han hecho imposible. (Hay que recordar que los atletas están aislados en grupos burbuja). Ella ha tenido que elegir entre participar en los juegos o quedarse en casa y continuar el proceso de lactancia.

Estos son algunos de los aspectos que hacen que la desigualdad real entre hombres y mujeres en el deporte esté todavía lejos de conseguirse, y alcanzarla no consiste únicamente en aumentar la presencia femenina. Es necesario que otros muchos aspectos se revisen y se corrijan.

El lema de los Juegos, Citius, Altius, Fortius exalta los valores de superación. Superar las desigualdades, también en el deporte, parece todavía una tarea pendiente.