Opinión | Los relatos de Jekyll

Fantasear me basta

Fafi López

Fafi López

Alfonso, el jefe de Ventas, es la clásica persona que utiliza la alegría como máscara. Ya sabéis, de esas que necesitan salir a cenar al japonés de moda de la ciudad un puto martes por la noche o apuntarse a tomar algo un miércoles de invierno tras una reunión en Zamora. De los que duerme seis horas al día gracias al orfidal. Está siempre haciendo cosas. Empujando su propia mierda tan al fondo de sí mismo que ya ni él recuerda que está ahí. No se permite parar un segundo, así que ya ni se acuerda de que no sabe cómo ser feliz más allá de esos breves estallidos de alegría que concadena uno tras otro. No tengo la menor duda de que algún día acabará suicidándose. Me da lástima.

Pese a ello, detesto su forma de hablar, siempre gesticulando. Siempre tan… jefe de Ventas. Con la mirada clavada en él, pero a la vez completamente perdida dentro de mí mismo, trato de experimentar cierta paz fantaseando que, tranquilamente, me levanto de mi silla y, con fría parsimonia, mientras se hace un silencio sepulcral a mi alrededor, le grapo la mano a la mesa. En mi mente le golpeo en la cara con la grapadora hasta que se me cansa el brazo y su cara ha desaparecido en una especie de pulpa. Cuando fantaseo con esta clase de violencia (bastante a menudo), en realidad no suelo calmarme. No, que va. Nada más lejos pues, como me ocurre ahora mismo, normalmente el corazón se me acelera y los músculos se me tensan. Pero es como hacer deporte. Cuando acaba, me siento más relajado, con el ánimo suficiente para enfrentarme a una charla de mierda de Alfonso durante algunos minutos más. Fantasear me basta.

 Por el rabillo del ojo noto que Elena me mira furtivamente. Cruzamos miradas y nos sonreímos. Ambos odiamos a Alfonso. Me pregunto si ella también fantasea con matarlo de forma violenta solo por entretenerse en las reuniones. Quizá me mira porque fantasea con sacarme los ojos a mí. Igual habla con Alfonso de lo mucho que ambos me odian. Eso me hace reír. No es muy descabellado, ¿no? Que todos nos odiemos los unos a los otros y nos pongamos a parir entre nosotros. Al fin y al cabo, trabajamos juntos. 

Tras la reunión, Elena y yo bajamos a nuestra planta por las escaleras charlando animadamente. Intento concentrarme en la conversación, pero el olor que desprende me hace fijarme en sus pechos botando al bajar los escalones, y después en la piel de sus piernas. Me imagino que la beso allí mismo, en un descansillo de las escaleras. Por supuesto ella me corresponde con pasión. Fantaseo que la pongo de cara a la pared, no sin cierta violencia erótica, y que le bajo las bragas para hundirme en su apetecible culo. Una incipiente erección me devuelve al mundo real. No puedo permitírmela, no en plenas escaleras y antes de atravesar el pasillo en el que cabe esperar que alguien se dirija a mí. Así que me conformo con reírme de Alfonso con Elena durante algunos escalones más y con abrirle la puerta de acceso a la planta. Fantasear me basta.

El día transcurre y simplemente acaba. O al menos la jornada laboral.

Más tarde, cuando estoy a punto de llegar a mi casa tras volver de correr (salgo dos o tres veces por semana, según lo que me apetezca) a apenas dos calles de mi casa, un cachorro de perro visiblemente abandonado llama mi atención y me hace parar. ¿Será el último de la camada? ¿Aquel que no han conseguido vender? Me pregunto si el no matarlo asfixiándolo en una bolsa de basura y arrojándolo al contenedor ha sido un acto de clemencia o de cobardía. Ahora tiene una oportunidad de sobrevivir, sí, pero lo más probable es que la malgaste y muera de hambre y frío. Quizá lo más humano hubiese sido privarle de ese sufrimiento. O quizá no. Me agacho ante él. Se tambalea en dirección a mi mano y gimotea. Debe estar muerto de hambre. No está tampoco demasiado limpio. Le imagino gordito y recién bañado, oliendo a champú caro y con la boca apestando a paté de pollo, erguido sobre las dos patas mientras me lloriquea pidiendo subir a mi cama conmigo. 

No solo le dejaría, si no que apartaría la colcha y le invitaría a dormirse junto a mí, pidiendo a cambio solamente que me recibiese alegre y juguetón al volver del trabajo, moviendo el rabo de pura felicidad al verme. El solo pensamiento me emociona levemente y noto como se me humedecen los ojos. Fantasear me basta. 

Aparto mi mano antes de que llegue a tocarme (qué asco) y me despido del cachorro antes de proseguir mi vuelta a casa andando, dejando que mis pulsaciones vuelvan a su ritmo habitual, mientras voy pensando en los pasos que debo dar hasta el día siguiente: la ducha, la ensalada, planchar la corbata de mañana, revisar el email…