Opinión | Mambo negativo

Lo vamos dejando

Santos Martínez

Santos Martínez

A los viejos les pregunto cómo jugaba Di Stéfano. Es una ceremonia. Encajo la barbilla entre el índice y el pulgar y ladeo la cabeza. «A quien lo vio -aquí digo el nombre del viejo- le pido que me cuente cómo jugaba La Saeta». «El mejor», responden. Era una conversación segura hasta que conocí a Miguel. A Miguel se la pelaba Di Stéfano.

El Dani y yo teníamos un amigo que se pasaba el día hablando de Vistabella. Decidimos mudarnos allí para que se callase. Como a veces parecía que quisiéramos que los hechos hablaran por nosotros -más que de nosotros-, nos metimos en un piso que no era Vistabella (ni dejaba de serlo) ni La Paz (ni dejaba de serlo). La Frontera: calle Valencia, número 4. Tercero izquierda. Yo estaba tan contento que volví a mi pueblo a contarlo. El Dani me llama y me pregunta si sé que han matado a un tío en nuestra calle. Le dije que sí para saber qué quería. «El asesino se esconde en nuestro edificio, quiere entrar al piso y le he dicho que no». Lo vi correcto. 

La puerta del edificio estaba atrancada. La presidenta de la comunidad dijo que solo nos podía ofrecer a su marido. Yo estaba que no creía ni en el amor, así que lo entendí. Oímos unas zapatillas arrastrarse. «¿Qué es?», dijo un viejo en pijama. Escaleras abajo, me agarró del brazo. «¡Me llamo Miguel, tengo 94 años, ni veo ni oigo!». Me desarmó. Le enseñamos la cerradura. Levantó el índice: «¡Necesito mi herramienta!». Los vecinos subían y bajaban. Miguel bajó con una llave inglesa. Empezó a pegarle martillazos a la puerta. Vulcano en pijama.

Yo pensaba en cómo preguntarle por Di Stéfano a alguien que ni ve ni oye. Comprendí que lo hacía por mi abuelo. Me enseñó a mirar antes de cruzar y que el Barça no vale un duro, pero no le dio tiempo a contarme qué se hace cuando se empieza a tragar mierda a diario. Tampoco que Di Stéfano fue el mejor. «¡Arreglao!», gritó Miguel, mirada de plusmarquista desorientado. Y sí: arreglado. Contó que quitaba la bombilla del descansillo porque la robaban, pero que la iba a dejar por nosotros. Seguimos preguntándonos qué impresión le dimos. El Dani siempre dice: «En gloria esté». Yo contesto que deberíamos volver a ver si sigue vivo. Pero lo vamos dejando, como cada vez más cosas.