Opinión | Al paso

Toya Viudes

Mi abuelo Luis y las cápsulas flotantes

Toya Viudes.

Toya Viudes. / L.O.

«Mamá, ¿en el cielo hay teléfono?». «¿Y por qué me lo preguntas?», le contestó mi madre a mi hermana: «Si hay, podrías llamarlo y hablar con él, así no llorarías tanto». Mi abuelo murió cuando yo tenía seis años y de él tan solo recuerdo sus interminables piernas y las postales que me enviaba desde cualquier lugar de España haciéndose pasar por una tal Clotilde que a él le hacían mucha gracia y a mí no tanto porque yo a esa niña que fingía ser mi amiga no la conocía de nada. Todo lo demás me lo han contado.

«Me llamo Luis de Velasco, soy médico especialista en pulmón y corazón, trabajo y vivo en Valencia, estoy casado con María Teresa Rami, tengo cinco hijos y me gustaría poder leer durante el viaje», le decía mi abuelo a todo el que se sentaba a su lado. Hablar con desconocidos le costaba, pero viajar en tren le encantaba. De él no heredé la vocación médica, pero sí la fascinación por todo lo que escribió Stefan Zweig, también por el chaca-chaca-chá y el traqueteo ferroviario.

Cierro los ojos y lo imagino en uno de sus viajes de Valencia a Madrid a visitar a sus padres, vestido impecable, con borsalino, traje y corbata, su libreta negra de notas, varios libros en la cartera de piel marrón y las gafas metálicas. Antes todo era más lento y más elegante, pero llegó el progreso, ese que a veces me pregunto dónde nos está llevando, Benjamin Franklin soltó lo del «Time is money» y todos a correr como condenados. También los trenes que ahora son de alta velocidad, menos el de Murcia que lo seguimos esperando, pero prepárense que en un futuro no muy lejano serán realidad unas cápsulas flotantes que se precipitarán a través de tubos de vacío a más de 1.200 kilómetros por hora y en las que podremos viajar en solo media hora de Nueva York a Washington. Hyperloop llaman al invento del millonario Elon Musk que lo define como «un cruce entre un Concorde, un cañón y una mesa de hockey de aire». A mi abuelo no lo veo subido en una de estas cabinas: él era todo un caballero de exquisitas maneras y tiempos pausados.

Durante años he cabalgado por el mundo como un caballo desbocado para no perderme nada. La pandemia me paró en seco, he pensado mucho, he cumplido años y ahora busco otros ritmos como los de los trenes de antaño en los que viajaba mi abuelo a quien hoy recuerdo y extraño mientras admiro el bellísimo retrato con su bata blanca de médico en su consulta de la calle Conde Salvatierra de Álava que pintó la gran artista que fue, y por eso tiene cuadros hasta en el Reina Sofía, su hermana y mi tía abuela Rosario.