Opinión | Estiajes

Ángel Paniagua

Relecturas veraniegas: Colinas

Tras Noche más allá de la noche y Jardín de Orfeo, los dos últimos libros de la que él mismo considera segunda etapa de su obra, publicó Antonio Colinas Los silencios de fuego (1992), libro que la nota editorial de la solapa anunciaba como «culminación de un meditado y firme proceso hacia la paulatina depuración de la lengua, elaborada desde estructuras poéticas cada vez más sutiles, simples, armónicas», añadiendo que, más que una simple evolución «hay, en cierto modo, un cambio de actitud. El poeta, sin abandonar la íntima experiencia del quehacer poético, desciende al ágora y, desde ella, alza su voz herida por lo que en ella detecta: un mundo cultural adocenado, trivializado hasta límites insoportables. Y, desde ella, clama por alcanzar una posible armonía del ser humano con su entorno cultural, con la naturaleza y consigo mismo».

El propio Colinas, en el prólogo a su Obra poética completa, lo consideraba el primero de su tercera etapa poética, y parecía quejarse de que «no siempre fue bien comprendido».

Los poemas, especialmente los de la primera sección, dejaban un poco atrás su lirismo de indagación y comunión cuasi mística con la naturaleza para tejer un tapiz de referencias a autores de vidas amargamente marcadas por el devenir político, como Carta a Boris Pasternak, donde —con tono y lenguaje descarnados, más en la línea del Cernuda último— alude a la incomprensión, o al exceso de comprensión, de la dictadura estalinista, que pretendió apagar su voz discordante porque en ella, como en la de tantos otros autores soviéticos duramente represaliados —el poema trasciende al homenajeado, y es válido para cualquier voz artística oprimida por cuestiones ideológicas— veía peligrar la ‘razón revolucionaria’.

O Memorial amargo (Antonio Machado), breve recorrido lírico por la vida del poeta, cuyos versos últimos, «Por fin, seguir con fardo de dolor / lento camino-osario, cenizal», claramente aluden al exilio final, en condiciones miserables, a Collioure. Colinas sabe que para dar validez al poema no necesita explicitar esa circunstancia, y la deja como simple trasfondo reconocible por cualquiera, afecto o no a la poesía.

Pero otros poemas, de tono aún más discursivo, parecen meras reflexiones en verso, como Meditación en el simposio, sobre la inutilidad de las reuniones literarias si se considera la progresiva degradación del mundo; o La noticia, donde el desgarro de la guerra en Yugoslavia, acercado por la televisión —un ‘ojo diabólico’— se opone a la placidez de la ciudad donde está el poeta. El sentimiento es hondo pero el poema no lo es tanto, y adolece además de la aducida causalidad: esta placidez y riqueza no son necesariamente causa de aquella guerra (y llamar ‘ojo diabólico’ a la televisión dista de ser un hallazgo poético).