Opinión | Pasado a limpio

Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Barrabasadas

¿Cuánto tiempo podría gobernarse un pueblo que se siente agraviado o, peor, sometido? ¿No contribuye ese sentimiento a la consolidación de los líderes rebeldes?

Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas, y tu muerte.

Anónimo

La Justicia, en el orden civil, es un sistema de solución de conflictos que se denomina como la virtud, con lo que goza de prestigio filosófico; el social ha de ganarse de otra guisa. En el ámbito penal, además, es un sistema de imposición de castigos para quien infringe el orden establecido, el impuesto por quien detenta el poder político.

Con la Revolución Francesa se consagró en nuestras leyes el ideal de una justicia independiente. Los revolucionarios desconfiaban de los jueces porque eran el instrumento de la arbitrariedad real, por lo que idearon un sistema de garantías: instituyeron el Judicial como poder del Estado, pero limitaron su función a la interpretación de la ley, no a la creación del derecho. El juez no debe dilucidar si la ley es justa, sólo aplicarla.

En cualquier caso, la justicia terrenal suele tener una eficacia relativa. Los conflictos civiles se resuelven con una sentencia que, antes de ser certera, paradójicamente se llama fallo, una declaración de vencimiento que pone fin a la disputa jurídica, pero no necesariamente al conflicto. Los procesos penales concluyen con el ejercicio del poder sancionador, implacable con los robagallinas, pero ineficaz frente a la gran delincuencia. El crimen organizado sólo sufre, si acaso, daños colaterales. El tráfico de drogas sigue existiendo pese al encarcelamiento del camello, el de armas sobrevive al tenedor de fusilería y la corrupción política desprestigia las instituciones democráticas pese a la inhabilitación de los malversadores y prevaricadores. Tampoco la prisión del estafador librará a los consumidores del abuso de la posición dominante de banqueros, eléctricas, petroleras y otras empresas que operan legalmente en mercados favorablemente regulados.

Mi amigo Pedro López escribe un excelente trabajo sobre el proceso a Cristo, mas ha de leerse con el placer del filósofo, pues Jesús no vino al mundo para salvar las viejas instituciones, sino a dinamitarlas. Cuando dijo «tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia», no pensaba en la erección del Vaticano y la cátedra de San Pedro, sino en una comunidad universal de creyentes fundada sobre el amor fraterno como espejo del amor divino. Si la ley hubiese sido justa o si la justicia hubiese sido verdadera, Jesús no debería haber sido condenado, no habría habido crucifixión y el cristianismo carecería del símbolo de la cruz. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia sigue diciendo la bienaventuranza en casi todas las traducciones del sermón de la montaña, excepto en las edulcoradas para gentiles.

Para paliar los inconvenientes de la justicia se inventó el indulto, como el divorcio para remediar los falsos amores. El más famoso que relatan los evangelios —al indulto me refiero— fue el de Barrabás, sobre el que los exégetas discrepan. El mismo nombre es extraño en la tradición hebrea y algunos autores señalan que Bar-Abba significa hijo del padre, justamente uno de los epítetos de Jesús. Barrabás sería un desdoblamiento literario de Jesús o el producto de una equívoca traducción, de manera que el pueblo realmente reclamaba la libertad de Jesucristo, que habría sido denegada por el prefecto romano Poncio Pilatos. Esta tesis vendría a confirmar el mensaje revolucionario del evangelio que desprestigia la justicia del sanedrín judío y desmiente la pietas romana. Sea como fuere, podemos recapitular que el indulto llega donde no alcanza la justicia, bien para remediar la aplicación inapelable de la dura ley, bien porque sólo es ley, que no justicia.

En el largo y tedioso conflicto catalán, también hay algunas evidencias como la imposibilidad de que la justicia resuelva un sentimiento de agravio que se extiende por un número cada vez mayor de ciudadanos. Puede que ese sentimiento sea irracional, que no se ajuste a la Historia ni a la razón y haya sido fomentado artificiosamente con manipulaciones muy interesadas, pero es lo cierto que no será apaciguado por la dura lex, la exhibición de banderas contrapuestas, el brazo ejecutor de la justicia, la aplicación del 155 de la Constitución, ni por la advertencia más que fundada de una expulsión de la UE, mucho menos por la ocupación militar de Barcelona a la manera del dictador Primo de Rivera.

Los murcianos podríamos empatizar con ese sentimiento de agravio, pues la sensación de maltrato del Gobierno de Madrid está muy extendida por estos lares, pese a que se esgriman en contra razones de peso o el peso de la razón. ¿Cuánto tiempo podría gobernarse un pueblo que se siente agraviado o, peor, sometido? ¿No contribuye ese sentimiento a la consolidación de los líderes rebeldes? En este contexto, López Miras sería un paladín contra el sanchismo que busca en el enfrentamiento su inclusión en el martirologio. El penúltimo ‘agravio’ es el nombre del aeropuerto, con el que se pretende indultar curiosamente a través del hijo del padre al mayor cacique de la Restauración: Juan de la Cierva, omnipotente en Murcia, donde según Tuñón de Lara no se nombraba un peón caminero sin su consentimiento. Del modo que los ríos van a dar en el mar, todas las políticas murcianas van a dar en el señor La Cierva, Ortega y Gasset dixit.

Consideremos entonces la posibilidad del indulto como evitación del martirio y vía de retorno al orden parlamentario, pues no me queda duda de que en el bando soberanista también se ve agotada la deriva independentista como un callejón sin salida y se hace preciso tender puentes, siquiera sea porque a enemigo que huye...