Acaban de comenzar los Juegos Olímpicos de Tokio. Unos juegos que los japoneses nos arrebataron a los españoles en una obra de fontanería muy bien instrumentada y que nos dejó muy mal sabor de boca, sobre todo a la ciudad de Madrid, que peleó hasta el final por conseguirlos. Pero lo que empezó siendo una desgracia, perderlos por votos interesados y comprados, ha terminado siendo una gran suerte.

De manera que ahora la ciudad de Madrid se felicita por no haber tenido que soportar una carga tan importante en plena era Covid.

Para que se conozca un poco la fontanería que existe en torno a unos Juegos, nada mejor que ofrecer el recuerdo de cómo Samaranch tuvo que maniobrar para que Barcelona organizase los del año 1992 que peligraban por culpa de ETA.

Año y medio antes de que celebrasen los Juegos Olímpicos del 92 en Barcelona, Juan Antonio Samaranch llamó por teléfono a Juan Manuel Gozalo, Jefe de Deportes de RNE en esa época.

- Gozalo : ¿Qué deseas, presidente?

- Samaranch: Hola, Juan Manuel. Te llamo porque estoy preocupado con los Juegos.

- Gozalo: ¿Por qué? ¿Qué pasa?

- Samarach: No se acaban de resolver los problemas de Seguridad y ni Narcís Serra ni Felipe hacen todo lo necesario para resolverlo. Y así no podemos continuar. Debería hablar con el Rey y contárselo. Pero no deseo hacerlo directamente. No saltándome el protocolo y el debido respeto a Narcís y Felipe. Por eso he pensado en llamarte.

- Gozalo: ¿Y qué quiere que haga yo, presidente?

- Samaranch: Deberías mandarme a un sabueso al que le pusiéramos sobre la pista de lo que está sucediendo. De darle pistas. Sobre ello se encargaría Sotelo, naturalmente. Y que averigüe lo que está pasando y lo cuente. Ya hemos hablado con la dirección de La Vanguardia y también van a mandarnos a alguien con buen olfato para lo mismo.

Cinco minutos más tarde, Gozalo ya me estaba llamando a su despacho.

- Gozalo: Prepárate, que te vas a Lausana.

- ¿De vacaciones?, le pregunto.

- A hacerle una entrevista a Samaranch. Algo huele mal en Lausana y tienes que averiguarlo y contarlo en Radiogaceta.

Al día siguiente volé a Ginebra. Y desde allí me dirigí directamente a la sede del COI, cerca del imponente Lago Leman.

José Manuel Sotelo, el secretario de Samaranch, me recibió enseguida y me llevó al despacho del presidente.

- ¿Nos conocemos?, me preguntó.

- Sí, presidente. Yo a usted sí. Usted, por lo que veo, a mí no. Pero ya nos hemos estrechado la mano en algunas ocasiones.

- De acuerdo, dijo. ¿Cuándo quieres que hagamos la entrevista?

- Pues en cuanto usted me diga, presidente.

- Ok. Vale, ahora ve a conocer el COI por dentro, que merece la pena, y luego coméis juntos Sotelo y tú y habláis. ¿Te ha explicado tu jefe algo sobre la entrevista?

- Me ha pedido que huela lo que se cuece por aquí. Y extraiga conclusiones y las cuente.

Mientras, Sotelo cumplía con la petición de su jefe de enseñarme el COI por dentro. Me fue ofreciendo algunas pistas sobre lo que deseaba que yo conociera. Pero sin involucrarse en decir nada claro.

¿Acaso es que las obras del estadio no estaban suficientemente avanzadas? Y me respondía que no.

¿Los transportes, la Villa Olímpica, la informática, los voluntarios? -No. No. No.

Quedamos a cenar sobre las seis y media de la tarde. Y entonces ya empecé a vislumbrar cuál era realmente el problema. Las pistas empezaron a ser más claras,

- ¿Tal vez el problema es ETA?, le pregunté ¿Es un problema de seguridad?

Quizás…, respondió. Al menos eso creo yo, dijo Sotelo. Es lo más probable.

- Pero Samaranch tiene hilo directo con el presidente del Gobierno, con el vicepresidente y, por supuesto, con el Rey, le dije

- Tiene y no tiene, me respondió. Al presidente no le gusta molestar. Prefiere que se lo den hecho. Y parece que no se lo dan. Al menos esa es mi opinión.

De modo que ya supe para qué estaba allí. Estaba claro que a Samaranch le preocupaba la seguridad de los Juegos en un momento en el que ETA era noticia de portada de los periódicos españoles un día sí y otro también, y estaba claro también que algunos dirigentes del COI le pedían que tomase cartas en el asunto o de lo contrario empezase a vislumbrar la posibilidad de trasladar los Juegos a una ciudad donde reinase la paz.

Pero ni Felipe González ni Narcís Serra debían considerar que esa entrevista fuese necesaria, ya que por entonces había otros temas más importantes que solucionar en España. Samaranch podía y debía esperar. Pero el reloj para Samaranch corría más deprisa. Esperar era desesperar.

Comprendí cómo debía tratar el tema en la radio aquella noche. No podía afirmar rotundamente nada. Pero podía insinuar que mis sospechas iban en esa dirección, la seguridad de los Juegos y que Samaranch estaba esperando con ansiedad una llamada desde Madrid . Lo confirmó La Vanguardia.

Samaranch había conseguido su objetivo. Había que esperar la reacción del Rey. Y no tardó en producirse. El Rey fue informado de ello y mandó llamar a Felipe González y Narcís Serra. Y estos, a su vez, urgentemente al presidente del COI.

Es decir, que la faena ya estaba hecha. El objetivo cumplido. De modo que la entrevista carecía de sentido y de interés.

Lo confirmé en el momento en que llegué al Hotel Lausana Palace, donde se alojó Samaranch durante los veinte años que vivió en aquella ciudad.

El presidente estaba contento y feliz. La entrevista debía ser muy corta, me dijo, porque me han llamado a primera hora desde Madrid y debo volar hasta allí a las tres de la tarde en mi jet privado.