Hay una generación de mujeres a las que este país debe, como mínimo, un homenaje. Nacieron en tiempo de guerra o poco antes y se hicieron jóvenes y adultas a lo largo de una durísima posguerra. Mujeres del medio rural que no pudieron ir al colegio y cuya escasa formación, si es que tuvieron alguna, corrió a cargo de maestros ambulantes que hacían verdad aquello de pasar más hambre que un maestro escuela.

Tuvieron infancias cortas, sin tiempo para jugar, encargadas desde los siete, ocho, nueve años de hermanos menores, de las tareas del hogar, de la huerta, del pastoreo, de pequeños grandes trabajos dentro o fuera de la casa. Son nuestras madres, nuestras tías, nuestras abuelas, una generación de mujeres que han comido toda la vida sentadas en el borde de la silla, que se levantan como con un resorte en cuanto alguien necesita algo, que comen las últimas, que comen de pie. Recibieron y cumplen a rajatabla el mandato de estar al servicio de los demás, de ponerse a sí mismas en segundo lugar que, en familias grandes, es tanto como decir en último lugar. Bien sabéis de qué hablo porque hay al menos una de estas mujeres en cada casa.

Han traído al mundo cuatro, cinco, seis hijos, han perdido alguno por el camino, han cargado con ese dolor en sus corazones. Han trabajado en el campo, junto con los hombres, segando, transportando sacos de grano; en las fábricas, en interminables horas de pie, pegadas a la cinta transportadora; han sido emigrantes en Francia, en la vendimia, lejos de sus familias, año tras año, con la preocupación de los hijos que dejaban atrás; han fregado suelos de rodillas en casas ajenas para dar de comer a los hijos.

Ellos también han tenido vidas duras pero después de la extenuante jornada de trabajo, han descansado en casas limpias gracias a ellas, se han sentado a la mesa a comer mientras ellas les servían y se han acostado en sábanas que ellas habían lavado. Estaban obligadas a ser servidoras, nunca servidas y han interiorizado ese papel, lo han hecho propio.

Hay un dicho repetido en zonas rurales: la mujer solo puede pasar dos veces por delante del hombre, una para acostarse y otra para levantarse. Bien dice Carmen Sarmiento que las mujeres son el sur de todos los nortes, el sur del sur, el sur de los hombres.

Debería haber en cada pueblo, en cada ciudad, avenidas y plazas dedicadas a estas mujeres que han sostenido con su trabajo, con su lucha, con su jornada doble, con su renuncia a sí mismas, la vida de nuestro país. Son los puntales de la intrahistoria, el espinazo de la vida cotidiana. Hay que escuchar sus historias para comprender de verdad de dónde venimos, porque son ellas las que, con su trabajo y su sacrificio, con la comida en la mesa y la ropa lavada después de la jornada laboral, nos han traído hasta aquí y nos han hecho quienes somos.

A veces las vemos. Se cogen de las manos cuando se ven, se reconocen, se dicen que se quieren, se dicen cuánto se quieren. Son como niñas viejas, son niñas viejas de infancias duras. Se entregan protección y afecto como han hecho siempre. Con el paso de los años, ese afecto se desnuda de formalidad y se carga de urgencia; el tiempo apremia, lo que tengan que decir, deben decirlo ya. Son mujeres admirables, mujeres gigantes.