Un par de palmeras junto a la piscina, un manojo de hierba. En las cristaleras de la casa, el reflejo de los edificios de enfrente, también flanqueados de alguna que otra palmera, enjuta y de imponente verticalidad. Una silla vacía. Alguien, rompiendo lo que se adivina como un silencio apacible, se lanza al agua. Agua que, en virulenta salpicadura, permanece suspendida en el aire. La escena se representa bajo esa luz del sol estival, macilenta a fuer de intensa, blanquecina de tan diáfana. 

David Hockney, el autor del cuadro, desarrolló en su obra una suerte de fijación con las piscinas. Por alguna razón, es este lienzo, Un gran chapuzón (A bigger splash), el que más fama ha cosechado. Lo cierto es que la estampa, con sus formas planas y rectilíneas y su rudimentario colorido, tiene algo de cautivador: una lacónica atmósfera a lo Hopper; un halo de misterio que envuelve al bañista anónimo; el agua hecha espuma en su súbita explosión. 

Hockney, llegado de la húmeda y adusta Inglaterra, quedó subyugado por California. Y sus piscinas. «Me gusta el olor a cloro por la mañana», podría decir el pintor británico, parafraseando al mítico Teniente Coronel Killroy. En Los Ángeles, a diferencia de Vietnam, no crecen los cocoteros, pero las palmeras son más o menos iguales. 

Dejarse llevar es la actitud veraniega por necesidad: demasiado calor para resistir; días demasiado largos para dar la batalla. Dilapidemos el tiempo sin precisar redención. Ya avisaba Bertrand Russell en su Elogio de la ociosidad de que trabajamos demasiado. Con cuatro horas diarias, defendía el filósofo inglés, ya va bien. Las grandes ideas han sido fruto de ociosos; el intelecto solo se cultiva si no urge acometer labor alguna. ¿Cuántos niños (y adultos) se habrán aficionado a la literatura o al buen cine gracias al tedio de los sempiternos días de verano? Se dice que la ociosidad es la madre de todos los vicios, pero eso solo es verdad para quienes vienen ya viciosos de fábrica; para los virtuosos, es la madre de todas las grandezas. 

No veamos el letargo estival como actitud anómala, sino como el genuino objetivo existencial. En lo ético y en lo estético. Los estoicos comparaban nuestras vidas a la de un perro atado a un carromato que se pone en marcha. Tenemos dos opciones: acompasar nuestra marcha a la del carro y, en la medida de lo posible, disfrutar del trayecto o rebelarnos ante nuestro destino y acabar arrastrados. El corolario es evidente: resignación jovial. Amor fati, que decían los antiguos. 

Mucho amor fati le es menester al protagonista de un relato de Quim Monzó titulado, precisamente, Splassshhh. El relato, por cierto, ofrece la más exótica onomatopeya jamás escuchada: ‘achacunfa’: «doy unas brazadas, achacunfa, achacunfa, achacunfa (...) y salgo del agua, blup, apolo veraniego». El relato, varias páginas escritas sin el descanso de un mero punto, narra los días empalagosos que pasa en Lloret de Mar un pobre chaval que no consigue ligar ni con la más revoltosa de las nórdicas. Hasta que aparecen unas nativas dispuestas a subir a la habitación del Perlanca, el compañero de fatigas veraniegas. La cosa, sin embargo, no empieza bien: «compramos una gélida botella de champán, champán bueno, la ocasión lo merece: un De Lapierre, y subimos a su habitación: una habitación de hotel, mejor que la mía, y, ya la hemos cagado, la cama bien a la vista, lo primero que se ha visto al entrar, enooooorme, justo en mitad del escenario». Dejarse llevar, sí, Perlanca, pero cuidando los detalles. 

El paradigma literario del dejarse llevar estival lo conforma Gustav von Aschenbach, el protagonista de La muerte en Venecia, de Thomas Mann. El hombre, un escritor ya maduro, viaja a Venecia y allí apenas hace nada. Mirar. Y cuando se mira con atención, ay, puede descubrirse alguna belleza inusitada. Sus ojos cansados reviven ante la imagen de Tadzio, un niño polaco. Pero Gustav no pierde los papeles y, pura contención, se limita a deleitarse en su deseo redivivo, en su pasión racionalizada. 

Existe una meritoria versión cinematográfica, realizada en 1971 (el libro es de 1912) por Visconti. En la película, Gustav no es escritor, sino músico: ¿hemos de suponerle una más aguda sensibilidad a quienes habitan entre notas que a quienes lo hacen entre letras?

Las escenas finales de la película, con Gustav en una hamaca playera, se han visto como un homenaje a las obras de playa de los pintores impresionistas. Esas señoras de largos y abombados vestidos, sombrilla en mano, aparatosos sombreros, en las playas normandas de Monet. Gustav, con traje y corbata junto al mar, arrullado por el tenue oleaje mediterráneo, contempla a Tadzio, que ha enardecido un deseo que atravesaba un prolongado sopor. El niño, ajeno a la mirada anhelante que le acecha, se limita a darse un chapuzón: splashhhhh.